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¿Tú eres dataísta o dataescéptico?

¿Tú eres dataísta o dataescéptico?
Lunes, 27 de marzo 2017

El Big Data es el Big Bang del nuevo marketing. Mientras unos lo explican todo con datos, otros reivindican la vigencia de lo imprevisible. Es hora de posicionarse respecto a la religión de los datos.

Yuval Noah Harari ha logrado lo imposible. Su último libro “Homo Deus” es todavía más interesante que el aclamado “Sapiens”; y lo es porque cumple la promesa de su ambicioso subtítulo: “una breve historia del mañana”. Si en su primera obra hizo una brillante revisión de nuestra interpretación de la historia, ahora escribe la crónica de un futuro que todavía no ha sucedido basándose en evidencias poco refutables extraídas del presente. Bastaría el último capítulo para convertir a este libro en lectura imprescindible para cualquier experto en marketing que pretenda sobrevivir a los cambios tecnológicos y sociales que se nos avecinan. El título ya es toda una provocación, “la religión de los datos”, y en cierto modo define lo que puede estar sucediendo ya en el campo de la planificación publicitaria, y hasta en la creatividad.

La palabra religión tiene su origen en la raíz latina religare, que significa “atar con fuerza”. Más que un conjunto de creencias que relacionan al ser humano con lo trascendente, el dataísmo sería una religión porque sirve para vincular estrechamente a los miembros de la comunidad; es decir, para “atarlos con fuerza”. Todas las redes están formadas por nudos, y no iba a ser menos la red de redes, Internet.

Por otra parte, el dataísmo también se comporta como una religión cuando pretende tener respuestas y explicaciones para todo. Los seguidores de este dogma están convencidos de que la realidad y el futuro son el resultado de la aplicación de algoritmos. Es su nuevo credo. A la conocida frase de los ateos “dios no existe, todo es azar” ellos responden ahora “el azar no existe, es falta de datos”, para luego añadir que cuántos más datos se compartan, más unida y vinculada estará la comunidad, y se supone que más feliz será cada individuo que forme parte de ella, porque los datos sirven para tomar mejores decisiones, optimizar el uso de recursos escasos y, en general, anticipar el futuro según nuestros deseos. Compartiéndolos mejoramos el bien común. Pensemos, por ejemplo, en el despilfarro mundial y diario de energía. Este desastre ecológico y económico que a todos nos afecta parecía no tener solución hasta ahora. Los dataístas sugieren que con mejor información se podría consumir solo la energía verdaderamente necesaria. Solo es cuestión de que cada uno haga su parte alimentando el flujo general de datos con su información personal; su pequeña contribución a la gran utopía.

Y por último, ¿hay dioses en la religión dataísta? Sí, somos nosotros mismos. Al alimentar el flujo de datos que decide la realidad estamos creando el mundo y empoderándonos por encima de las posibilidades del homo sapiens. Ya se habla incluso de la inmortalidad. Por eso Harari ha titulado a su libro Homo Deus, el hombre dios.

Siempre habrá a quien todo esto le suene a distopía espeluznante o ciencia ficción de cómic. Serán los dataescépticos. No solo se negarán participar de la comunión (común unión) dataísta protegiendo con celo su privacidad sino que seguirán creyendo en conceptos que, según ellos, nunca podrán depender de un algoritmo, como el azar, lo imprevisible, las emociones, la intuición, la creatividad o la inspiración. Serán los últimos románticos, enfrentados al poder de los modelos predictivos, una opción rebelde que tentará a muchos, aunque en Homo Deus encontramos descorazonadoras explicaciones de cómo el romanticismo también se puede programar mediante biotecnología y algoritmos. Que cada uno decida; mientras sean libre de poder hacerlo.


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