Caso Rubiales: Supremacismo y respeto

Caso Rubiales: Supremacismo y respeto
Lunes, 11 de septiembre 2023

Unos lamentables hechos, protagonizados por un personaje relevante, titular de un puesto de alta representación, y producidos en un momento de gran exposición mediática mundial, han ensombrecido uno de los mayores éxitos deportivos de nuestra historia. Es innecesario recordarlos aquí, pues su difusión ha sido tal que casi no se ha hablado de otra cosa en estos últimos días. Y aún tendrán un largo recorrido por delante.

A la mayor parte de las personas normales, lo ocurrido nos ha llenado de tristeza... en un momento que debería haber sido de alegría. Un disgusto generalizado que, sin embargo, me da la impresión que ha evolucionado en direcciones que desvían el fondo de la cuestión hacia territorios que, aunque sí tienen que ver (al menos, algunos) con lo sucedido, no abordan el verdadero y preocupante origen de la cuestión. Y mientras no lo tengamos claro, nos confundiremos y no seremos capaces de corregir el grave problema subyacente.

Me refiero a que si llevamos un problema profundo de comportamiento, educación y entendimiento, como el que toda la sociedad debe abordar, hacia terrenos teñidos de tintes políticos o, incluso, jurídicos, no seremos capaces de reaccionar conjuntamente ante algo que precisa de un enorme esfuerzo colectivo para poder superarlo y mirar, de una vez por todas, hacia un futuro mejor.

Claro está que el inapropiado comportamiento de un individuo que ostentaba un cargo para el que, obviamente, no estaba cualificado (aquí tenemos ya la primera premisa seria a valorar, pues él no se nombró a sí mismo, sino que fue elegido por quienes debían decidirlo), tiene visos de haber transgredido la ley y debe ser castigado por ello. Evidente es, de igual modo, que sus modos de actuar ante millones de espectadores, representando a todo un país, han sido zafios, penosos, groseros y repugnantes (doy por hecho que esto es, asimismo, susceptible de otro tipo de sanciones, tal vez estas de índole administrativo o privado). Desde luego que hay muchas víctimas de todo ello (una principal, y un extenso e indeterminado número de ellas en calidad de secundarias). Y, seguro, que hay más elementos a considerar que a mí se me escapan.

Sin embargo, asumida, en primera instancia, la protección total debida a la víctima principal y a sus compañeras más próximas, hemos de entender la verdadera naturaleza de lo sucedido y, sobre todo, sus consecuencias para la sociedad en la que vivimos.

Dejemos a un lado la cuestión técnica legal (doctores tiene la Iglesia, es decir, la judicatura, para actuar), que no nos compete y, en particular, rechacemos cualquier intento de politizar el asunto. Haríamos un flaco servicio a nuestra sociedad: ante hechos como estos, no cabe ser de derechas, de izquierdas o de centro. Quiero decir con ello que debemos de liberarnos de prejuicios. Ser de un partido político o de otro, ser hombre o mujer, ser de Villarriba o de Villabajo, es absolutamente irrelevante.

Y, dicho esto, quiero profundizar en la cuestión. 

No nos centremos, tampoco en la condición 'sexual' del abuso, agresión, violencia... o la tipificación técnica que corresponda. Ya he dicho que eso es tarea de los jueces. En primer lugar, es preciso hacerlo así porque, en caso contrario, vamos a causar entre todos mucho más perjuicio a la víctima que el que ella recibió de su abusador. 

Tampoco desviemos nuestra atención hacia el vergonzoso comportamiento exhibido por el triste personaje en el palco y durante las celebraciones posteriores. De todo punto impropios, no ya de un presidente en el ejercicio público de sus funciones, ante sus máximos superiores y autoridades del más alto rango, sino de cualquier hooligan, indocumentado y barriobajero, que hubiese aparecido por aquellos lejanos lares. 

Pero, ¡atención!, si recomiendo esta actitud no es para quitar importancia a lo señalado (la tiene, y mucha), sino para concentrarnos en el verdadero origen de lo ocurrido. Dejemos a los jueces, a los tribunales administrativos y a las autoridades del Estado, así como a las federativas (internacionales y locales) hacer su trabajo. Tengo la seguridad de que lo harán con su mejor saber y entender, aplicando el criterio que corresponda en justicia.

Y es que, por desgracia, no estamos ante un problema de sexo (menos, aún de 'género'). Digo lo de la desgracia, porque nos enfrentamos a algo de índole mucho más grave: supremacismo en estado puro.

El supremacismo engloba casi todos los abusos de poder (machismo, racismo, esclavismo, edadismo, autoritarismo...). Está enraizado en la sociedad desde tiempo inmemorial. La 'potestas' del fuerte, el rico, el poderoso, el jefe, llega a cegar de tal manera que quien está en situación de ventaja (por efímera que esta sea) se considera, sin necesidad de racionalizarlo, superior a quien está por debajo de su dominio (ya lo esté, de hecho, o solo en la mente de quien así lo considera).

Estos días hemos oído a gente bien intencionada decir cosas como esta: "La pena es que hemos desviado la conversación de lo que han hecho nuestras chicas". Y lo decían de buena fe. Sin darse cuenta que 'nuestras chicas' son jugadoras profesionales y, por cierto, unas mujeres que han ganado el Campeonato del Mundo en su categoría absoluta (no en infantiles o juveniles). Pero es que, además, no son 'nuestras'. Son de ellas. Solo de ellas.

"Hay que cuidar a nuestros abuelos", se suele decir, hablando de las personas mayores, en general. Pero resulta que la condición de 'abuelo', si se da, es circunstancial. Y, desde luego, de darse, es con respecto a sus nietos, no a quien lo dice (insisto: con buena intención).

Este es el trasfondo del problema. El supremacista (todos lo somos, en mayor o menor medida, aunque no nos demos cuenta) no es que se considere superior a quien está (aunque sea en su personal delirio) por debajo de él, es que se considera su dueño. Ya digo que no lo racionaliza, pero actúa como si lo fuera. 

Una situación que está tan enraizada en la sociedad que, por ejemplo, el que paga por un producto a un servicio, se considera superior a quien le sirve o entrega lo comprado, por el mero hecho de que él es quien paga: "Oiga, que yo soy el cliente. Yo soy el que pago". Sin darse cuenta de que eso no es más que una relación igualitaria, ya que el precio pagado es a cambio del producto o servicio que recibe (que vale –o, al menos, cuesta– lo mismo que el dinero entregado por él).

Lo llevamos dentro. Si pago a mis empleados, significa que el superior soy yo y ellos los inferiores. Pues no, usted paga un salario a cambio de un trabajo: ambos están en paz, exactamente al mismo nivel.

Por suerte, no todo el mundo es así. Hay muchos (creo que cada vez más) que practican el respeto con los demás. El más valioso de los respetos es el practicado con quienes, en apariencia, están (en un momento dado) en una posición de cierta desventaja. Eso es lo que debemos practicar permanentemente y transmitir, desde la cuna, a las nuevas generaciones. Si no lo hacemos así, estamos perdidos como especie.

Volviendo al caso del que estamos hablando, cuando el presidente coge a una de las jugadoras del equipo por la cabeza, sujetándola con firmeza y dominio, y le da un beso, lo grave no es el beso (y es indiferente que haya consentimiento o no, entre otras cosas porque, como dice Reem Alsalem: "A veces hay tal desequilibrio de poder que el consentimiento puede carecer de sentido)".

Demos toda la importancia a lo que la tiene. Y entrenémonos, a diario, en la particular lucha de cada uno contra nuestros ramalazos supremacistas. Todos los tenemos. Practiquemos el respeto, el respeto verdadero, el que nos recuerda constantemente que no somos superiores a nadie. Ni siquiera a nosotros mismos.

Cuando llegue ese día, podremos celebrar algo mucho más valioso que el más importante de los campeonatos.


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