Consumidores "escapistas"
La lógica de los "drops" no es nueva. La exclusividad y la limitación siempre han existido, pero antes estaban ligados, sobre todo, a una barrera económica clara. Hoy la exclusividad puede construirse con otros mecanismos como el tiempo, la gamificación, los accesos físicos o digitales, etc.
Si esta generación va a consumir algo, quiere que venga acompañado de una experiencia, un significado, un relato o la sensación de formar parte de una comunidad concreta. Ese valor añadido es lo que convierte un producto en un evento. En un contexto donde las modas duran días, esta micro-experiencia es lo que marca la diferencia. Nunca una generación había quemado tendencias a esta velocidad.
La comunidad, además, nace de un sentimiento muy específico: pertenecer a un grupo limitado de personas que tienen algo que otros no consiguieron, o que vivieron algo que no se repetirá. Es el mismo mecanismo por el que alguien dice “yo estuve allí” y automáticamente entra en un círculo reducido. Igual que quienes presumen de haber estado en el mítico concierto de The Doors en el Hollywood Bowl en 1968: un recuerdo irrepetible que te coloca dentro de un grupo pequeño y especial.
Los drops funcionan igual: no compras solo un objeto; compras la capacidad de decir “yo estuve en ese lanzamiento”, “yo conseguí esa pieza”, “yo viví ese momento”. Son recuerdos culturales que crean identidad y generan microcomunidades reales.
Y aquí aparece el reto: la Gen Z ha puesto contra las cuerdas a las marcas. Sus procesos internos son lentos, lineales y burocráticos, y cuando quieren reaccionar, la tendencia ya ha pasado. Por eso tantas empresas quedan fuera: no por falta de ambición, sino porque la cultura se mueve más rápido de lo que permiten sus estructuras.
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