Cuando dejemos de decir que lo hemos hecho con IA
Una parte de la sociedad ya entiende la inteligencia artificial como una herramienta. Otra todavía la percibe como un atajo. Y esa frontera entre lo legítimo y lo ilegítimo no es tecnológica, es cultural.
Hay algo curioso en nuestra relación actual con la inteligencia artificial. Cada vez la utilizamos más, cada vez está presente en más procesos y, sin embargo, seguimos sintiendo la necesidad de explicar cuándo ha participado.
“He hecho esto con ChatGPT”.
“Claude me ha ayudado a desarrollar esta idea”.
“Le pedí a Gemini que me ayudara con esto”.
Incluso, a veces, acabamos añadiendo un simple “by ChatGPT” para dejar claro que aquello no ha salido exclusivamente de nuestra cabeza.
Y seguramente esa necesidad de especificarlo dice mucho más sobre el momento en el que estamos que cualquier dato sobre adopción de la inteligencia artificial.
Porque nadie termina una presentación diciendo: “Hecha con PowerPoint”.
HERRAMIENTA O ATAJO
Creo que estamos en un punto de inflexión bastante interesante.
Una parte de la sociedad ya entiende la inteligencia artificial como una herramienta. Otra parte todavía la percibe casi como un atajo.
Y esa frontera entre lo legítimo y lo ilegítimo no es tecnológica. Es cultural.
Utilizar Photoshop para trabajar una imagen está perfectamente legitimado. Hacer un análisis utilizando Excel también. Utilizar una calculadora, Google, PowerPoint o cualquier otra tecnología que amplifique nuestras capacidades no reduce el valor del resultado.
Con la IA todavía no hemos llegado ahí.
De hecho, se produce una contradicción bastante extraña: podemos reconocer que una propuesta es mejor gracias a la inteligencia artificial y, al mismo tiempo, pensar que tiene menos valor precisamente porque se ha utilizado inteligencia artificial para desarrollarla.
Mejor resultado. Menos mérito.
Ahí hay algo que chirría.
¿CUÁNTO VALE EL ESFUERZO?
Quizá porque durante mucho tiempo hemos relacionado mérito y esfuerzo.
Si algo ha necesitado muchas horas, parece tener más valor. Si una tecnología permite hacerlo mucho más rápido, aparece inmediatamente la sospecha del atajo.
Pero llevamos décadas utilizando tecnología precisamente para eso: para hacer mejor lo que hacemos.
No valoramos más una estrategia porque alguien haya tardado tres semanas en construirla en lugar de tres días. Valoramos la capacidad para entender un problema, tomar decisiones y encontrar una buena solución.
La herramienta debería ser secundaria.
Y con la inteligencia artificial debería terminar ocurriendo exactamente lo mismo.
ADAPTARSE: EL GRAN TALENTO OLVIDADO
Esto no significa que utilizar IA convierta automáticamente un trabajo mediocre en uno bueno.
Tener Photoshop no convierte a nadie en diseñador. Tener Excel no convierte a nadie en analista. Y tener acceso a los mejores modelos de inteligencia artificial tampoco convierte automáticamente a nadie en un gran profesional.
Sin embargo, adaptarse sí te convierte en un mejor profesional. Hoy, integrar correctamente la IA en tu trabajo amplía tus capacidades.
Te permite explorar más alternativas, contrastar ideas, cuestionar tus propios planteamientos, desarrollar escenarios y dedicar más tiempo a aquello donde realmente aportas valor.
Y aprender a hacerlo es, probablemente, una de las competencias profesionales más importantes que puedes tener hoy.
Las empresas pueden ayudar a acelerar esa adaptación. En Webedia lo estamos viviendo de una manera muy concreta: a nivel internacional hemos alcanzado un acuerdo con Google que nos permite trabajar con Gemini Enterprise, una de sus soluciones de inteligencia artificial más avanzadas, y situarnos entre las compañías que están pudiendo experimentar de forma más directa con todo su potencial.
Pero tener la tecnología no significa haber resuelto el problema.
Puedes poner las mejores herramientas a disposición de una organización, formar a sus equipos, impulsar su utilización desde la dirección e integrar la IA en cada vez más procesos. Aun así, el cambio sigue siendo cultural.
Porque una empresa puede darte acceso a la IA, pero no puede obligarte a tener curiosidad. Puede ponerla a tu disposición, pero no puede hacer que dejes de verla como una amenaza o como un atajo. Puede generar las condiciones para que ocurra el cambio, pero la adaptación termina sucediendo en cada persona.
Si bien es verdad que cuando una compañía abraza la IA desde su cultura profesional, todo resulta más fácil. Utilizarla deja de sentirse como una excepción, algo que hay que justificar o incluso esconder, y empieza a convertirse simplemente en una nueva forma de trabajar.
Y seguramente ese sea el verdadero cambio que tenemos por delante.
Por eso, dentro de unos años probablemente nos resulte extraña esta etapa en la que sentimos la necesidad de explicar constantemente cuándo hemos utilizado inteligencia artificial.
El verdadero punto de normalización llegará cuando dejemos de hacerlo.
Cuando una estrategia sea simplemente una buena estrategia. Una campaña, una buena campaña. Y una idea, una buena idea.
Sin tener que añadir al final:
“Por cierto, he utilizado IA”.
Por cierto, he utilizado IA.
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