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Gomorra (y sus narcisos)

Gomorra (y sus narcisos)
Martes, 16 de abril 2024

En estos tiempos que vivimos, hay demasiadas "gomorras" por ahí sueltas. Ya no se trata de ciudades, por supuesto, sino de grupos de profesionales de la comunicación y el marketing que, esclavizados por un narcisismo galopante, han quedado ciegos ante la verdad que tienen ante ellos.

Ahora hay quien lo llama 'city branding', pero no pasa de ser una marca, una marca como cualquier otra, aunque, en este caso, sea el nombre de una ciudad. En una ciudad, como en casi cualquier otro aspecto de la vida, el nombre importa. Y mucho. Incluso para lo malo, ya que la eficacia de un nombre adecuado cumple siempre una misión. Para entenderlo basta con recordar algunas 'marcas' de personas asociadas al mal, cuyo éxito es innegable: Drácula, Landrú, La Vieja Arpía... 

Lo mismo pasa con las ciudades. Si te llamas 'Sodoma', tienes una buena parte del camino ya hecho. Es una denominación extraordinaria. Me imagino, por ejemplo, una macrodiscoteca en Ibiza con ese nombre: triunfo garantizado.

Sin embargo, si tu nombre es 'Gomorra', por muy mala que seas como ciudad, por muy desalmados que sean tus habitantes, estás condenada al ostracismo más severo. Nadie te va a tomar en serio. Sí, ya sé que la histórica metrópoli conocida con ese nombre fue destruida, en tiempos de Abraham, junto con Sodoma y otras dos o tres ciudades más de la Pentápolis bíblica –esa que los eruditos dicen que estaba en la península de Lisán, a orillas del Mar Muerto–, pero, no nos engañemos: la que permanece en el recuerdo de todos es solo Sodoma, que, además, es donde vivían el bueno de Lot y su familia.

Me pregunto cómo se llamarían los habitantes de Gomorra. ¿Gomorrenses? ¿Gomorranos? ¿Gomorritas? ¿Gomorroides? Suenan fatal todos estos supuestos gentilicios. Es imposible tomar en serio a un 'gomorrita'... por muy malo, perverso y degenerado que sea el pobre. Aunque, bien es verdad, que a nadie sorprendería que abundasen los 'gomorroides' en un lugar en el que proliferaban tanto –según nos cuentan las escrituras– determinadas actividades sexuales.

Muchas veces, salvando las distancias, claro está, he pensado en esto de los gentilicios, valorando cómo puede sentirse un gigantón nacido en Tampico, pongamos por caso. Seguro que le cuesta trabajo llevarlo con buen ánimo. Si es una persona de estatura normal o más bien bajito, estará cansado de escuchar desafortunados comentarios, carentes de ingenio, y que ninguna gracia le harán, como es lógico. Pero si mide cerca de dos metros y es corpulento, no me cabe duda de que sentirá cierto desasosiego y, a quien le pregunte que de dónde es, le dirá que es huasteco, sin más. Yo lo haría, si fuese mi caso.

Bueno, esta reflexión tampiqueña es bastante ridícula por mi parte, lo reconozco. Y poco o nada viene a cuento de los 'gomorranos', a quienes, así llamados, es imposible tenerlos en consideración como pertenecientes a una casta abyecta y tan merecedora de la ira divina. Me extraña que Dios se viera en la necesidad de enviar sobre ellos una lluvia de fuego y azufre... cuando solo la evocación de su nombre tenía que producirle risa. Bastante castigo eterno tenían, llevando a cuestas su gentilicio, fuese cual fuese.

En estos tiempos que vivimos, hay demasiadas 'gomorras' por ahí sueltas. Ya no se trata de ciudades, por supuesto, sino de grupos de profesionales de la comunicación y el marketing que, esclavizados por un narcisismo galopante, han quedado ciegos (tal como les sucediera a los habitantes de Sodoma cuando acosaron a Lot, pero, esta vez, sin necesidad de la intervención de ángel alguno) ante la verdad que tienen ante ellos.

Estos narcisistas empedernidos quieren que el mundo, la vida... y la realidad del marketing también, claro, estén moldeadas a su antojo. Son muchos, y si bien existen otros cuyo nivel de autoindulgencia aún no ha llegado a provocarles esa ceguera total, la mayoría de este segundo grupo sufre de esa nueva pandemia, conocida por las siglas FOBO (Fear Of Becoming Obsolete), que les produce un síndrome caracterizado por flagrantes síntomas de inacción de la voluntad y decaimiento de la libertad de opinión.

Entre narcisistas irreversibles y 'pandéfobos' recalcitrantes, apenas dejan lugar en la profesión para quienes aceptan y luchan por defender algunas de las realidades del marketing del siglo XXI, como las que, solo a modo de ejemplo, enumeramos:

  • El target comercial de la mayoría de las marcas es ya la población de 30 a 70 años.
  • La Generación Z es muy poco relevante como grupo de consumidores.
  • Las redes sociales no son un medio útil para la publicidad, sino para el marketing directo.
  • Una marca no puede crecer si segmentamos en exceso su comunicación comercial.

Y, como ya hemos dicho, estos ejemplos son solo eso, una muestra de unas verdades que no se quieren ver.

Todos estos habitantes de la Gomorra contemporánea –ya convertida en una hiperbólica metrópoli transnacional, carente de límites y fronteras– están sometidos al imperio de uno de los dos peores pecados que existen. Estos dos pecados, eso sí, tienen la ventaja de llevar el castigo implícito, con el añadido incorporado de hacer innecesaria la violenta intervención divina (dicho sea de paso, aquellos por los que Dios castigó a Sodoma, Gomorra y compañía hoy no serían considerados como tales sino, por el contrario, celebrados como comportamientos merecedores de protección pública y, tal vez, incluso, susceptibles de subvención estatal). 

Pero los dos gravísimos pecados de los que ahora hablamos, sí lo son. Uno es el, ya mencionado, 'narcisismo doloso autolítico'. El otro es la envidia.

Dejando a un lado a esta última, por obvia, centrémonos en el primero. Tiene dos maldades intrínsecas, ambas inevitables y consustanciales a su naturaleza.

La primera maldad de la que adolece es el daño que produce a los medios que sí son responsables de su contenido (ya sea informativo, de entretenimiento o publicitario), esos que no trafican ilícitamente con datos personales, que pagan sus impuestos en nuestro país y respetan a los autores de sus contenidos y a sus audiencias. Esta perversión va acompañada del hecho de alimentar a esas macroplataformas oligárquicas, de ambición económica ilimitada, cuya contribución a la polarización de la sociedad es flagrante, y nada amigable con el fomento del respeto a las opiniones ajenas. Gigantes tecnológicos, por cierto, repetidamente demandados (y varias veces condenados) por sus prácticas comerciales, incompatibles con los principios de la libre competencia y de la privacidad personal de los ciudadanos.

No nos cabe duda que las marcas que a ellos se entregan, con tan poca reflexión, algún día serán devoradas por el insaciable apetito de estos 'gargantúas' cibernéticos que, con tanto éxito, han copiado el modelo de negocio de la banca: obtener la materia prima, de forma gratuita, de sus clientes/proveedores (en la banca es el dinero, en aquellos la información y los contenidos) para después venderlos o alquilarlos a terceros que, con frecuencia, son los mismos que se la han dejado en depósito semipermanente (depósito por el que, muchas veces, los propios proveedores deben pagar a sus tenedores). Sin duda, un negocio redondo.

Pero es que la segunda maldad es, aún, peor. Y lo es porque las marcas que así actúan, confundiendo publicidad con promoción, marketing directo y otras actividades de 'below-the-line', se perjudican a sí mismas gravemente. El castigo que se autoimponen es terrible: su valor disminuye; se hacen más vulnerables al poder de la distribución; y su fama se resquebraja, afectada por su inmersión en un entorno que les transmite su desafección por parte de los consumidores y debilita sus defensas de imagen (tanto las racionales como las emotivas, ambas tan costosamente conseguidas) al contagiarlas de su innata falta de credibilidad y de sus crecientes carencias de confianza colectiva.

Cuando esos narcisos del marketing digitaloide (acompañados de sus fieles y asustadizos FOBOs) se hayan ahogado en las inclementes aguas del río que refleja su aparente belleza, mientras escuchan sus propias voces, repetidas por la dulce y eternamente condenada Eco, será ya demasiado tarde para que las marcas vuelvan la vista atrás. Si lo hacen, solo conseguirán verse convertidas en estatuas de sal, como la pobre Edith en su huida del valle maldito.

Es imprescindible actuar ya. Abandonemos Gomorra cuanto antes.

Ilustración diseñada por Freepik.


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