Parnaso noviembre 2019
 

La bandera española sufre una crisis de identidad

La bandera española sufre una crisis de identidad
Jueves, 21 de marzo 2019

"Yo paso de trapos. Deberíamos estar hablando de los problemas que de verdad nos afectan y no de quién tiene la bandera más grande". Con argumentos como este se desentiende mucha gente de uno de los principales problemas del país: el de su propia definición.

Las redes están llenas de este tipo de mensajes y muy probablemente también los próximos. Son los que no quieren ser ni de uno ni de otro bando en la contienda nacionalista, y se entiende perfectamente el rechazo a que se nos obligue a tomar partido en este pulso tantas veces irracional. No obstante, en la formulación de este tipo de frases se utiliza la primera persona del plural, lo que de algún modo contradice el sentido inicial de la frase, porque la bandera solo pretende ser el símbolo de ese “nosotros” que “debería estar hablando de los problemas que de verdad le afectan”. Paradójicamente, al decir “deberíamos estar hablando…” se reconoce la existencia de la comunidad que luego se niega y que, al existir, de algún modo tiene que poder representarse. Además, al usar el verbo en tiempo condicional, hasta se hace una propuesta política para esa comunidad.

Quizás es pedir demasiado que se entienda que la bandera es solo un símbolo compuesto de un significante –el famoso trapo- y un significado –lo que no conseguimos definir de manera consensuada y nos impide de algún modo trabajar por el bien común-. Pensemos en otro símbolo. Por ejemplo, la palabra escrita, uno de los más comúnmente utilizados entre los seres humanos. ¿Qué diríamos si cuando uno escribe la palabra “madre” en un poema llega alguien y le dice “yo paso de garabatos”? pues eso, que no ha entendido nada. Porque la palabra madre es más que su significante, por eso un poema es un poema y no una mancha de tinta en un papel.

Mientras tanto, la bandera española vaga por ahí en un estado de profunda neurosis, sobre todo ahora que empieza la campaña electoral y sabe que otra vez será utilizada de manera interesada por todo el mundo, tanto por los que se la quieren apropiar como por los que la denigran y le niegan todo. A unos les responderá que ella quiere ser el símbolo de todos los españoles, no solo de los que ellos consideran buenos españoles, y a los otros que por favor le den otra oportunidad -como a sus hermanas europeas y mundiales, que también tienen pasados oscuros y nadie se lo está recordando constantemente-, que ella también fue republicana en el siglo XIX y hasta el Partido Comunista la aceptó en los años de la Transición.

Pero ni caso.

El trapo rojigualdo no es tratado con generosidad. Por eso no consigue pasar de significante-trapo a símbolo de un país. Porque nadie le da un significado incluyente, ni siquiera los que más dicen amarla. Si todavía hay quien piensa que ese no es un problema que nos afecta a todos, que se dé una vuelta por las redes sociales estos días de fervor electoralista. Quizás se le hiele el corazón. Así no hay manera de poner en marcha la inteligencia cooperativa. Sin símbolos no hay comunidad. Lo dicen los antropólogos y lo saben muy bien los expertos en marketing cuando se plantean una estrategia de marca.

España tiene un problema de comunicación. Es paradójico que un país que ha dado tantos talentos publicitarios no sea capaz de publicitarse mejor. Ni logotipo tiene.


Grupo Control