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Los pliegues de mi oreja izquierda

Los pliegues de mi oreja izquierda
Viernes, 23 de julio 2021

La ley aprobada en Noruega que obliga a instagramers y marcas a indicar si las imágenes que publican con fines comerciales llevan filtro o han sido manipuladas con Photoshop ha sido muy aplaudida. Sin embargo, algo no parece funcionar bien en la sociedad y en nuestra propia autoestima cuando una ley así se hace tan necesaria.

Este año creo que me he visto la cara más que en toda mi vida junta, y eso que soy de las que habla frente al espejo y además tiene una aureola de rizos constante, con lo que sí, confirmo que me miro en cualquier reflejo. Las videollamadas, además de darme localizaciones para imaginarme un poquito mejor la vida de los otros, también han conseguido que me vuelva un poco paranoica con mi propia imagen, hasta el punto de haber perdido el hilo de alguna conversación por el interés de mis neuronas en analizar los pliegues de una de mis orejas. Uno de los mayores golpes fue darme cuenta de que la cámara de Teams NO refleja lo que yo veo, sino que es la versión invertida/paralela/espejo (o para dramáticos como yo, cámara troleo), es decir, la gente ve el lado que no controlo.

El golpe uno pasó por recordarme que pierdo el tiempo en muchas gilipolleces y el golpe dos fue cerciorarme de que el afán por vernos bien, perfectos e idílicos, es para convencernos a nosotros mismos de lo que no somos. El problema no está en que yo vea a alguien con unas piernas sin estrías o una tez sin poros, sino que piense por qué yo no soy así y lo ansíe tanto que me valga con el autoengaño de la inmediatez del filtro “by la influencer de turno”. Porque, seamos sinceros, gente guapa ha habido siempre, sin embargo, la necesidad del posado constante para una audiencia (innecesaria) nos reclama filtros y retoques, aunque no nos alerta de la avalancha constante de complejos que nos vamos sumando. No sé si te pasará lo mismo pero el eco generado por la última ley noruega sobre la necesidad de informar acerca de las fotos retocadas por aplicaciones en redes sociales para marcas e influencers me provoca sentimientos encontrados: por un lado, me reconforta que se materialice en hechos la lucha hacia el reconocimiento e importancia de la belleza real y no quede solo en palabras/tentativas y movimientos-tendencia, pero, por otro lado, me preocupa el punto al que hemos llegado. Tener que acudir a la ley porque nuestra obsesión por compararnos y la adicción a ver vidas ajenas en internet no solo sirve para cuestionarnos sino para autocriticarnos. Me gustaba mucho la reflexión de la escritora Mariana Matija en la que decía que debemos entender las redes sociales como una herramienta por su componente de utilidad, sin embargo, estamos en el punto en el que han adquirido el nivel de peligro de una motosierra y el acceso a esa motosierra se nos está yendo de las manos y no sabemos cómo usarla sin cortar brazos, ajenos o propios.

También hace que dude de la postura de las marcas, ¿querrán aparecer junto al disclaimer de retocado/falsificado/exagerado/irreal?, ¿buscarán referentes de bellezas inalcanzables que si vemos que no están retocadas nos generarán más envidia aún?, ¿o realmente optarán por cambiar hacia una línea real donde algún día pueda encontrar los mismos pliegues de mis orejas? En España no hay regulación porque el abuso del retoque no es tan obvio y el uso de filtros no es tan drástico, hablando en plata: que el FAKE no es tan evidente. Marcas e influencers buscan una naturalidad velada, el filtro/retoque no deforma, pero sí nos cambia y aquí es cuando pongo voz de alarma: ¿si no es tan obvio no tendría que ser más peligroso? Porque cuando veo una cabeza desproporcionada y los retoques de “la Presley” me veo capaz de pillar el truco, pero el arte de engañar empieza con esa clase de sutilezas, y esas no son tan fáciles de cazar al vuelo y retoque a retoque no se forja la autoestima.  No sé si antes estaríamos de acuerdo, pero ahora me la juego a que ambos pensamos que no hay peor mentira que la que te cuelan poco a poco sin darte cuenta. 


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