Menos sorpresas, mejores decisiones: geopolítica y estrategia corporativa
La geopolítica ya no es un mero contexto para las compañías, sino una variable estructural de negocio. Condiciona la estrategia industrial, la inversión, el coste, la seguridad del suministro, la estabilidad de las cadenas de valor y la reputación.
No es que sea un fenómeno nuevo: las empresas llevan incorporando la geopolítica a su toma de decisiones desde hace más de una década. Organismos como el World Economic Forum (WEF), el Fondo Monetario Internacional (FMI), la OCDE, así como el Banco Central Europeo llevan años señalando que el entorno geoestratégico ha dejado de ser un factor periférico para convertirse en una variable crítica del crecimiento, la competitividad y la estabilidad empresarial.
En 2026, la fragmentación del orden internacional, los conflictos prolongados y la escalada de la competencia tecnológica estrechan el margen de previsibilidad para gobiernos y empresas, incrementando la complejidad del entorno de decisión.
De diagnóstico a evidencia
El FMI advirtió en su World Economic Outlook de 2025 que la fragmentación geoeconómica y el aumento de tensiones internacionales elevan la incertidumbre, afectan al comercio y frenan la inversión. El Banco Mundial, en su último Global Economic Prospects, alertó que la reconfiguración de las cadenas de suministro y las restricciones comerciales incrementan costes y penalizan la productividad. Y, desde una lógica geopolítica, la Comisión Europea presentó una actualización de su Estrategia de Seguridad Económica en diciembre de 2025, reforzando medidas para anticipar riesgos externos y proteger el mercado único. El Foro Económico Mundial de Davos de este año ha venido a consolidar el diagnóstico. El Global Risks Report 2026 del WEF sitúa la confrontación geoeconómica como riesgo inmediato de primer orden. En la práctica, las sanciones, los aranceles, los controles a la exportación y las restricciones a la inversión han pasado de ser episodios excepcionales a convertirse en instrumentos recurrentes de la política exterior, con un impacto directo en los planes de crecimiento de las empresas.
Geopolítica en tiempo real
Por lo tanto, la diferencia de 2026 es la velocidad. El riesgo geoestratégico cambia con decisiones ejecutivas, paquetes de sanciones e incluso declaraciones de líderes mundiales capaces de alterar expectativas de mercado en horas. Por eso, ahora no basta con informes anuales para cumplir con los requisitos de gobierno corporativo, ni informes trimestrales con mapas de calor estáticos. Las compañías necesitan información y análisis en tiempo casi real para activar planes, redirigir logística y oferta, y preparar posicionamiento público, especialmente en sectores estratégicos. La ventaja competitiva ya no es saber más, sino decidir antes y con menos sorpresa. En todo este contexto, el asesoramiento estratégico internacional aporta valor cuando es capaz de ofrecer una vigilancia estructurada y una lectura continua del entorno. El WEF llegó a plantear en 2025 la posible creación de una figura específica, la del Chief Geopolitical Officer, para integrar la geopolítica en la toma de decisiones.
Se trata, en definitiva, de un riesgo horizontal para las compañías, que afecta a decisiones del Consejo de Administración, a finanzas, área legal, tecnología, recursos humanos y asuntos corporativos. En este sentido, los equipos de Asuntos Públicos son el encaje natural para articular esta capacidad, no solo por su interlocución con decisores públicos, sino por su capacidad para leer el entorno regulatorio y anticipar prioridades legislativas y gubernamentales.
La volatilidad política eleva la demanda de expertos en asesoramiento geopolítico, inteligencia estratégica y riesgo regulatorio. Integrar estos perfiles es crucial para la competitividad, más allá de la mera gestión de riesgos.
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