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Tenemos que hablar de Greta

Tenemos que hablar de Greta
Jueves, 19 de diciembre 2019

La revista Time acaba de nombrar a Greta Thunberg personaje del año 2019 y no queda más remedio que hablar del revuelo desatado por esta adolescente que ha dado visibilidad a un mensaje necesario para salvar nuestro planeta. Pero, ¡ojo!, hay enemigos poderosos que se pueden estar aprovechando de este fenómeno mediático en su propio beneficio.

No basta con tener razón; ni, por lo visto, con tener autoridad. Vencer es convencer, y para convencer hace falta buena retórica además de buenos argumentos. O sea, una buena estrategia de comunicación.

Lo estamos comprobando en el debate sobre el cambio climático, que se ha convertido peligrosamente en un duelo de símbolos un poco vacío y posmoderno. Mientras los negacionistas tienen por líder a un tipo ridículo y acomplejado con piel color ganchito de queso, en el bando ecologista una adolescente sueca que “solo habla para decir algo mejor que el silencio” se ha convertido en icono de la lucha conservacionista. El contraste es elocuente y no hay que hacer un gran esfuerzo para saber de qué lado está el futuro; es decir, los jóvenes.

Tal vez por eso la revista Time ha nombrado a Greta Thunberg personaje del año en 2019.

Pero es tanta la atención acaparada por el símbolo que ahora los profesionales de la comunicación tenemos que debatir si la forma hace sombra al fondo, o el significante al significado; lo que puede implicar algunos riesgos para la causa defendida. Nos guste o no –seamos ecologistas o no- lo cierto es que Thunberg no ha dicho nada nuevo y es poco serio que la revista Nature la considere en el top 10 científico del año. 

Por eso, y por respeto a todos los ecologistas que existían hace más de 16 años, tenemos que hablar de Greta. Aún a riesgo de sacar la conclusión de que de la costilla del adanismo político ha nacido el “evanismo” ecologista.

Conviene recordar que antes ya hubo otra Greta que se llamaba Al Gore, ex vicepresidente del gobierno de los Estados Unidos, que produjo y difundió por todo el mundo un documental premonitorio sobre el cambio climático titulado “Una verdad incómoda” (2006). Aunque solo sea por una cuestión de experiencia, Gore tenía más créditos que Thunberg para ser escuchado; y, sin embargo, siendo meritorio su esfuerzo y resultado, no tiene comparación con el que ha conseguido la joven activista sueca en mucho menos tiempo; al menos en términos de movilización. Por no hablar de la lucha sostenida y pertinaz de organizaciones como Greenpeace, que llevan años explicando la deriva insostenible de la explotación de los recursos naturales del planeta.

Es cierto que el mensaje de Greta Thunberg llega una docena de años después de aquel documental, cuando no se ha hecho lo suficiente, si es que se ha hecho algo, para evitar el desastre, y por tanto la urgencia es mayor ahora, lo que amplifica necesariamente la difusión universal de la llamada a la acción. También es verdad que ahora los medios de comunicación han cambiado mucho, y el desarrollo de las redes sociales potencia la difusión de los mensajes de concienciación; es significativo que el fenómeno Greta naciera en una charla TED. Pero estos factores no explican todo.

Algo pasa con Greta, y tiene que ver con el liderazgo y la comunicación moderna.

Los más entusiastas dicen que gracias a esta Juana de Arco verde la causa ecologista ha tenido un impulso mediático que no se había conseguido por otros medios, y tienen razón, pero hay que recordar que la lucha contra el cambio climático tiene enemigos muy poderosos que están aprovechando hábilmente el fenómeno Thunberg para influir en la opinión pública en el sentido que más les interesa. Cuidado con las buenas intenciones porque a veces sirven a la causa contraria.

Para estos negacionistas era mucho más difícil refutar las evidencias explicadas en “Una verdad incómoda” o en los artículos e informes científicos promovidos por las ONGs ecologistas que atacar a esta adolescente sueca. Por eso están tan interesados en desviar el debate hacia aspectos secundarios, cuando no ridículos. “Esa niña debería estar en el colegio”, “deja huella carbónica con sus viajes” o incluso “tiene síndrome de asperger” son cuestiones obscenas o superficiales que acaban siempre estancadas en el marco cognitivo que más les interesa. En definitiva, se sienten mucho más cómodos hablando de la educación o la edad de Greta que de la necesidad de cambiar el modelo energético, la espiral destructiva del consumismo o la brecha social de la emergencia ecológica. Por fortuna para ellos, la discusión sobre la verdad incómoda se ha sustituido por otra sobre la “mentira cómoda”. Por eso, aunque no lo reconocerán nunca, a ellos también les encanta hablar de Greta.


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