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Winston, Boris y Sanna

Winston, Boris y Sanna
Miércoles, 31 de agosto 2022

Lo que se ha visto en el famoso vídeo de Sanna Marin, primera ministra finlandesa, es mucho menos de lo que se tolera a diario en otros políticos con responsabilidades de gobierno. La movilización de las mujeres en torno a un hashtag de solidaridad invierte el efecto de la campaña.

La expresión “alcohólico funcional” se inventó para gente como Winston Churchill, que se desayunaba un whisky con soda todos los días, incluyendo los de la II Guerra Mundial, y luego no paraba de darle al brandy, el champán y el whisky a lo largo del día. Decir que con hábitos como esos tuvo suerte de no vivir en una época con redes sociales y linchamientos mediáticos sería absurdo porque esta adicción no era ningún secreto para los británicos ni mermaba su aceptación como líder en las horas más oscuras de la historia. Si en aquella época hubiera existido Twitter y algún anónimo individuo, pongamos por caso un agente nazi, hubiera difundido un video de Winston bebiendo, o incluso borracho, probablemente el efecto sobre la opinión pública habría sido el mismo que si se le viera pintando paisajes, otra de sus pasiones. En todo caso, su suerte fue vivir en una época en la que a los gobernantes se les juzgaba por lo que decían y hacían en la vida pública, no en la privada.

Como todo ha cambiado mucho desde entonces, y ahora cualquier excusa es buena para someter a un político a un escrutinio morboso sobre lo que hace en su tiempo libre, alguien, pongamos por caso un agente ruso, debe haber pensado que se puede hacer caer a la primera ministra de Finlandia difundiendo por las redes sociales un vídeo en el que se la ve bailando y divirtiéndose en una fiesta. Basta verlo para darse cuenta de que no ha sido un ataque muy inteligente. Los que comparan las fiestas privadas de Boris Johnson con las de Sanna Marin con la intención poco disimulada de que ella acabe como él -es decir, dimitiendo- olvidan que las del primer ministro británico se celebraban en tiempos de confinamiento y restricciones a la libertad de los ciudadanos. Es decir, que mientras Boris hacía lo que su gobierno le prohibía hacer al resto de los británicos, Marin hace lo que puede hacer cualquier finlandés o finlandesa cuando se reúne con sus amigos. Por no hablar de que muchos de los que ahora critican a Marin defendieron en su día a Johnson con el comodín de la libertad. Sanna se ha sometido a un test de drogas que ha dado negativo y ha dado todo tipo de explicaciones sobre su compromiso con su trabajo, algunas veces con lágrimas en los ojos. Sí, con lágrimas ¿pasa algo? Pues, por lo visto, sí pasa; al menos para algunos que, a juzgar por lo que han dicho en el debate de las redes, piensan que las lágrimas son un signo de debilidad. Ellos prefieren el estilo jactancioso de Boris, que cuando pide perdón parece que te está perdonando a ti la vida.

Por razones como estas, la campaña contra la presidenta finlandesa desprende un hedor machista que ha acabado volviéndose en su contra. Más que el típico ad hominem, tan común en nuestros días en el debate político, es un ad feminam que ha despertado la indignación de aquellos, y sobre todo de aquellas, a quien se pretendía escandalizar. Decenas de mujeres finlandesas, y de otras nacionalidades, se han grabado bailando delante de la cámara de un teléfono móvil y han subido el vídeo al hastag #solidaritywithSanna. Sin duda, no era eso, ni nada parecido, lo que pretendían los filtradores. Ellos pretendían cambiar el curso de la historia con un salseo adolescente alrededor de un documento que no pasa de anécdota. Y a lo mejor lo han conseguido, pero en el sentido contario. No sería mala idea comprobar si en estos días ha subido el porcentaje de la población finlandesa que apoya el ingreso de su país en la OTAN, una opción que Sanna Marin ha defendido vehementemente y le ha granjeado muchos enemigos dentro y fuera de su país.


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