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Detector de falacias, liberador de mentes

Detector de falacias, liberador de mentes
Martes, 14 de septiembre 2021

Ricard Gresa es un publicitario con una larga trayectoria como director creativo en algunas de las agencias más conocidas de España. Durante cuatro años se ha dedicado a observar y reflexionar sobre las amenazas manipuladoras en el nuevo panorama mediático. Ahora recoge todo este trabajo en "Viejas y nuevas falacias", un libro en el que describe una genealogía de lo engañoso que se remonta a la época de los griegos y aún a tiempos anteriores. Texto: Javier San Román.

Ricard presenta su libro con una frase provocadora de Nabokov: “Realidad es una palabra que no significa nada sin comillas”. Aunque reflexiona sobre los mecanismos de la percepción y la retórica, y tampoco faltan ejemplos de campañas para ilustrar sus ideas, el tema central no es la publicidad. Este ensayo es más bien el grito intelectual de un indignado ante el ascenso de la barbarie a lomos de las nuevas tecnologías.

Ctrl.- ¿Por qué has escrito este libro? Se nota una especie de indignación durante la lectura ¿O es mi falsa percepción como lector?

Ricard Gresa.- Claro que estoy indignado. Cuando estaba en la facultad de ciencias de la información no pensaba que llegaría a vivir tres ejemplos simultáneos de manipulación que casi recuerdan al Tercer Reich: El Brexit, Donald Trump y el procés. En el año 2017 sucedió el atentado de Las Ramblas y asistí a interpretaciones y manifestaciones muy tontas, como abuchear al Rey echándole la culpa de lo que había ocurrido. Que unos planteamientos políticos localistas se mezclaran con algo mucho más humano y de alcance global me dejó muy preocupado. Me propuse reflexionar sobre el tema. Al principio solo tomaba notas sobre mis pensamientos alrededor de temas como la racionalidad, el diálogo, la incoherencia o las falsedades. Luego me di cuenta de que cuando te planteas qué es la verdad tienes que ser más específico. Descubrí que mis recursos resultaban insuficientes y con mucha modestia me puse a investigar. He leído miles de páginas y cientos de autores hasta dar forma al libro.

Algunos autores de moda como Jonathan Haidt o Fukuyama parecen argumentar en sus últimas obras que la razón no puede dominar las emociones o los impulsos inconscientes. Es como si quisieran poner un punto final al siglo de las luces, el racionalismo y la ilustración. ¿Crees que tu libro podría sumarse a esta corriente de pensamiento?

Más bien al contrario, e incluso soy beligerante sobre esto en algunos pasajes del libro, pero sin ignorar que la afirmación “somos seres racionales” ha quedado superada por los hechos y la investigación psicológica. Un psicólogo experimental como Kahneman ya demostró que la razón se dedica a justificar a posteriori lo que se ha decidido por impulso. Esto sucede con muchos de nuestros comportamientos como consumidores o votantes. Lo racional es una muleta justificatoria, y esto se sabe hace más de cincuenta años. Lo que pasa es que no hacemos la conexión de este conocimiento científico con lo que está pasando ahora. Lo que estamos viviendo es la combinación de un gran progreso tecnológico con un retroceso en lo humanístico. Como decía un profesor mío de la universidad caminamos con dos piernas pero una es muy larga y la otra es muy corta. La larga sería la tecnología y la corta serían las humanidades. Así que vamos cojeando. Digo esto porque este tema tampoco es nuevo. Aunque yo lo veo más grave ahora que hace cuarenta años, hay comentarios de griegos y romanos que se podrían decir hoy mismo y tendrían plena actualidad.

¿En qué sentido crees que está empeorando la situación?

Vivimos una falsa percepción de progreso porque tenemos información exhaustiva de cualquier tema, pero al mismo tiempo todo está dominado por lo falaz, lo falso, lo irreal, lo engañoso, lo ineficiente o lo erróneo. Estamos manejando mal los datos, y a partir de este procesamiento deficiente establecemos con mucha rotundidad opiniones, con lo cual se va generando un ruido y una confusión exponencial que se multiplica con las redes sociales.

¿Esta idea de que lo que ocurre ahora no es nuevo explicaría el título de la obra: Viejas y nuevas falacias?

Sí. Aristóteles identificó unas falacias propias de su tiempo, pero hay otras más nuevas que él no pudo conocer porque se fabrican mediáticamente; falacias que ya no son lógico-lingüísticas, que tienen que ver más con las sensaciones que con los razonamientos, y que son procesadas por un sistema mental que no es la razón y está siempre mucho más activo. Al lado del sistema que procesa las emociones, la razón es muy perezosa, yo diría que incluso vaga. Cuando queremos resolver algo rápido lo simplificamos, y qué mejor esquema que el dualista, que separa lo bueno de lo malo. Así se construye el cauce perfecto para la demagogia, que todos usamos a diario, no solo los políticos.

Hay muchas referencias a los medios de comunicación. Teniendo en cuenta que esto es un mercado de oferta y demanda, ¿no serían también responsables los consumidores de estos medios? ¿A qué vamos a los medios de comunicación?

A confirmar nuestras creencias. Por naturaleza, huimos de la incertidumbre y de la inseguridad. Estamos bien cuando tenemos razón. En ese mercado nos venden un producto que corrobora algo. Por eso se crea un círculo vicioso en nuestra relación con los medios, porque alguien nos está dando esa satisfacción. Es el sesgo de corroboración, que se estudió ya en los 70. Primero se descubrió la disonancia cognitiva y luego la aplicación de unos automatismos parecidos a los estereotipos. Son rasgos biológicos que tenemos los seres humanos y demuestran que no somos tan racionales. El propio Kahnemann decía que le costaba aplicarse a sí mismo sus propios descubrimientos para vencer sus automatismos y prejuicios.

Hay mercados que se regulan o autorregulan -como el de la publicidad, por ejemplo-. Ahora hay un debate sobre la posible regulación del mercado de la información, pero algunos lo consideran un ataque a la libertad de expresión ¿crees que esta regulación es necesaria?

En el libro me pregunto por qué no hay ITVs de los medios de comunicación. Los medios de comunicación están llenos de críticos gastronómicos, de arte, de cine, de teatro y de todo menos de los propios medios; salvo algunas excepciones en las que se comentan las mentiras, las contradicciones o los bulos que circulan por ahí a diario. Esta crítica de los medios sería muy útil. No sé si no han caído en la cuenta o les da miedo. Tampoco hay sistemas de alarma que me avisen de que estoy entrando en un terreno de manipulación, como hacen las alarmas antivirus cuando un software puede estar contaminado. Aunque también hay algunos progresos. Cuando empecé el libro no había ningún mecanismo de control de este tipo y cuatro años después había ya más de cien organismos internacionales que chequean las fake news, que son uno de los aspectos de este fenómeno, aunque no el más peligroso porque se las ve venir. El problema son los que utilizan otro tipo de técnicas, como el eufemismo o la falacia, que son menos evidentes pero igual de manipuladores.

Es significativo que seas un profesional de la publicidad. Incluso, en algún momento del libro llegas a hacer una refutación de la retórica como enemiga de la lógica. Sin embargo, la publicidad es pura retórica y ha utilizado mucho la creación de percepciones para poder diferenciar unas marcas de otras cuando todos los productos de una categoría son prácticamente iguales.

Me río cuando recuerdo que los periodistas y los publicitarios hemos compartido facultad y a nosotros se nos veía como los mercenarios del capitalismo, los vendidos y los manipuladores mientras ellos se presentaban como los defensores de la verdad y los hechos. La publicidad de un producto no destroza la vida de nadie, es mucho más banal que las falsedades que se han dicho sobre personas o sucesos políticos en los informativos. Por ejemplo, aquí se han vendido comportamientos antidemocráticos como la defensa de la democracia. Y eso no es vender unas medias, es mucho más grave. El peor de los anuncios no tiene tanta trascendencia como algo así. Hablo poco de publicidad en el libro, no pretendo justificar una profesión que no necesita ser justificada.

Pero se nota que has trabajado en publicidad y utilizas casos concretos para ilustrar tus ideas. Por ejemplo, cuando explicas la falacia de autoridad, tan frecuente en publicidad.

Se está perdiendo el respeto a la autoridad que concede el conocimiento y se hace en nombre de la democracia y de ideas como “todas las opiniones son respetables”. Claro que hay que defender la democracia, pero no tergiversando algunos conceptos. Que todos los votos valgan igual no significa que todas las opiniones sobre algo concreto valgan igual. Son cosas elementales que no son asumidas. Una opinión la carga el diablo si está basada en argumentos no explicitados. Por eso no estoy de acuerdo con la idea de que todas las opiniones deben ser respetadas. Hay algunas basadas en creencias que yo necesito que me expliquen antes de concederles mi respeto. Soy más partidario de cuestionar todas las opiniones que de respetarlas todas. A mí me interesan los argumentos, no las opiniones.

Y sin embargo, vivimos en la era de la opinión. Sí, ahora todo está opinado prácticamente desde el titular. La opinión es una conclusión, y sin embargo ahora se convierte en el punto de partida de la información. Por eso cito a Rafael Tranche para explicar su concepto de infopinión, que es un batiburrillo que no sirve ni para una cosa ni para otra. La opinión suplanta a la información y al argumento, y eso no es de recibo, aunque muchas veces trabaje a favor de esos automatismos a los que antes me refería y se ampare en la falacia de que todas las opiniones son respetables.

Pero en algún momento dices que los automatismos son necesarios para la supervivencia.

Los automatismos estaban bien para cuando vivíamos en la selva, porque los peligros eran inminentes y cercanos y había que actuar rápido en la autodefensa, pero ahora podemos permitirnos renunciar más a ellos. Ahora hay que comprender cosas que no hemos vivido ni tienen un aspecto físico reconocible, sino que nos las están contando a través de un intermediario. Por ejemplo, el coronavirus. No podemos comprender un fenómeno como ése con los automatismos que antes nos garantizaban la supervivencia.

Llama la atención que hables del lenguaje visual como engañoso y falaz porque existe la idea generalizada de que lo que se ve en un vídeo o en cualquier imagen en movimiento es mucho más creíble que lo que leemos en un relato escrito. Hablas incluso de las falacias visuales. En este sentido, te recuerdo que el Gran Premio del CdeC de este año sería una falacia visual.

Se utilizan todo tipo de recursos para alterar interesadamente el mensaje de un vídeo manteniendo la apariencia verosímil. Es una versión de la falacia de autoridad: si está en una foto o en un vídeo tiene que ser verdad. Una imagen descontexualizada no puede garantizar que lo que se nos muestra en ella sea de verdad lo que nos parece estar viendo. Lo que se ve se confunde con la realidad. Los medios de comunicación que difunden esto no solo nos proporcionan una percepción de la realidad sino que llegan a suplantarla. Y además se generan nuevas mentiras, porque se ha dado el caso de gente que a la vista de una foto falsa dice que recuerda perfectamente esa noticia, cuando en realidad nunca existió. Hay experimentos sobre esto que comento en el libro.

¿Qué es la Agnotología?

Es el estudio de la ignorancia inducida, no solo la provocada por las opiniones infundadas, también la producida por la publicación de datos científicos erróneos o tendenciosos. Es una ciencia que si ha nacido deber ser porque se estaba haciendo necesaria. Se dice que en los últimos tiempos puede haber habido una pérdida anual del 3% de conocimiento. No creo que esto se pueda cuantificar, pero lo que sí parece claro es que la gente se ha vuelto más ignorante. Yo percibo que cada vez hay más gente tonta. Y además, el tonto puede acabar siendo influencer porque la mediocridad tiene un canal a su disposición que antes no tenía, y eso tiene consecuencias. A ese ruido exponencial lo llamo contaminación cognitiva. Por otra parte, creo también que la tontería es un lujo de los humanos. Ningún animal hace tonterías. Si le damos un objeto que no conoce o no sabe para qué sirve puede hacer algo que nos parezca una tontería a nosotros pero no es lo mismo. La misma capacidad de razonar y crear que tiene nuestro cerebro es la que mal usada nos lleva a todo lo que nos está llevando.

¿Por qué nos cuesta tanto cambiar de opinión?, ¿qué ponemos en juego cuando vamos a una discusión?

Depende de la actitud con la que se vaya a una discusión. Modificar una opinión nos pone en evidencia, porque hay que reconocer que estabas equivocado en algo, pero si la actitud es aprender esto no es grave, al contrario. Lo comento en un capítulo del libro en el que unos profesores analizan la forma en que los alumnos discuten. Se demuestra que cuanta más información se les proporciona previamente, más flexibles son y menos rotundos en la expresión de sus opiniones. Es decir, más abiertos a la escucha y a aceptar el cambio. O sea, que uno es más rotundo en sus expresiones cuanto más ignorante es sobre el asunto que se discute. Lo inflexible y antidemocrático siempre va vinculado con la ignorancia. Hay demagogia porque hay incultura, y donde hay incultura faltan matices, vamos al esquematismo y luego a la dualidad y la polaridad, y todo se vuelve beligerante.

¿Y qué propuesta podríamos hacer para frenar esto?

Hay muchos que dicen que la solución está en reformar el sistema educativo. Eso está bien, pero no es suficiente. También debemos cambiar nuestra actitud. Otro factor importante sería la colaboración de los medios de comunicación. Yo critico mucho a los medios en mi libro precisamente porque creo que son la esperanza. No podemos saber nada importante hoy en día si no es por los medios. Solo les pido más rigor y conocimiento y menos espectáculo.

¿Crees que la persecución del humor puede ser también un síntoma de lo que está pasando?

Sí, está en correlación con todo lo que estamos hablando. Hay una intolerancia brutal. A veces parece que se persigue más a El Jueves que al Papus. En los 80 había una ventana de libertad y tolerancia que hemos perdido. Cuarenta años después no podemos hacer y decir lo que sí se podía hacer antes con absoluta naturalidad. Y no es un tema político porque el ataque viene por la derecha y por la izquierda. Hay un margen de tolerancia muy estrecho, y no solo para el humor. Está muy bien descrito en el libro “Morderse la lengua” de Darío Villanueva. Estamos creando burbujas ideológicas donde la gente se acomoda en sus prejuicios y no deja entrar nada que los cuestione.

¿No es paradójico que esas burbujas se creen en las redes, cuando se nos dijo que iban a ser el gran espacio para el debate y el intercambio de ideas?

El famoso filtro burbuja te encapsula porque son tus propias rutinas de navegación y tus focos de interés los que permiten que el algoritmo sepa qué tiene que ofrecerte para satisfacer el sesgo de corroboración. Ese algoritmo te permite pensar que eres muy listo, que tienes razón y que los demás piensan igual. Es el satisfyer del sesgo de corroboración, un engañabobos. Tiene su aplicación y su origen en el marketing online, pero que alguien se compre unas gafas con montura o sin montura no es tan trascendente como lo que sucede cuando este procedimiento se aplica a las ideologías o a los prejuicios, porque se crean marcos cognitivos que condicionan de manera tramposa, falaz y demagógica los comportamientos y polarizan a la sociedad. Incluso se utiliza esto para crear psicosis absurdas, miedos a amenazas totalmente exageradas que sirven a los demagogos para presentarse como la solución. Por ejemplo, con el tema de los okupas, que está sometido a la falacia de las cifras. Si los medios colaboran con esto son unos irresponsables porque contribuyen a la creación de sensaciones ajenas a la realidad.

¿Qué podemos hacer para defendernos de la ignorancia?

Recurro de nuevo a Kahneman, y concretamente al título de su libro “Pensar rápido, pensar lento”. La inmediatez es uno de los rasgos característicos que definen nuestra sociedad y está favoreciendo un modo de actuar que nos lleva al precipicio. Hay que tomar conciencia de que biológicamente estamos programados para pensar rápido, aplicar automatismos y tirar de estereotipos. Lo que tenemos que hacer es lo contrario: pensar lento, bajar el ritmo para no volvernos locos, porque este frenesí tiene repercusiones en todos los comportamientos, también en el de consumo. Si nos damos más espacio para la reflexión ganamos todos bastante. 


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