Mar Manrique retrata a una generación desencantada
Del sueño de vivir de internet al desencanto de la “rueda de hámster”. Mar Manrique disecciona en su ensayo cómo la marca personal se ha convertido en un peaje obligatorio para sobrevivir en el mundo de la comunicación y la creación de contenido. Una reflexión lúcida sobre la tiranía del algoritmo y un ajuste de cuentas para estar en paz ante el bombardeo de hiperproductividad en la red. Texto: Javier Pérez Rey.
La periodista Mar Manrique despegó en plena pandemia de 2020, recién graduada, con la creación de Fleet Street, una newsletter que hoy supera los 10.000 suscriptores y que le sirvió de "bote salvavidas" profesional frente a un mercado laboral incierto y encorsetado. Actualmente, Manrique compagina su labor en el medio digital WATIF con colaboraciones en El País o La Vanguardia. Manrique, premio a la mejor periodista joven de la Asociación de la Prensa de Madrid, cuenta la experiencia de toda una generación en su primer ensayo, Un trabajo soñado (Península, 2026), donde disecciona el "desencanto" de una generación que buscó en internet la libertad que los modelos convencionales ya no podían garantizar. Pero, a diferencia de la mítica película de Jaime Chávarri sobre los hermanos Panero, no solamente se atisban nubarrones en su testimonio ni hay tintes apocalípticos en su discurso, aunque sí ciertas tensiones entre las marcas personales y las marcas corporativas (“I was looking for a job and then I found a job and heaven knows I'm miserable now”, como cantan The Smiths).
Para la autora, la tiranía del algoritmo ha cercenado la creatividad en favor de una uniformización de contenidos que atrapa a los profesionales en una "rueda de hámster" de productividad infinita, donde la identidad propia acaba diluida en un personaje diseñado para el máximo rendimiento. En un libro breve pero intenso, la periodista catalana disecciona desde el epicentro del ecosistema digital cómo es la lucha por la visibilidad y la competición descarnada por la atención y la oportunidad a través de multitud de ejemplos y testimonios, apoyándose en una buena diversidad de fuentes. Hablamos por videollamada con ella sobre estos temas y sobre cómo encaja el periodismo moderno en este panorama.
Ctrl.- Hablas en el libro de los “periodistas como marca” y del “periodismo del yo”, ¿es el futuro del periodismo y de los periodistas el monetizar su propia vida, al estilo de los creadores de contenido, para poder hacer atractivas sus historias?
Mar Manrique.- Yo creo que ya es el presente, es algo que los periodistas ya están haciendo. Lo vemos sobre todo en países anglosajones, donde están sacando mucho pecho de sus proyectos personales propios. Dejan medios tradicionales para dedicarse a proyectos propios que requieren, inevitablemente, una marca personal. Hay que romper ese “techo de cristal” a través de esa marca y de esa cara a la que también hago referencia en el libro. Cada vez lo vemos más en España. No quiero citar nombres, pero hay periodistas de El Confidencial o de El Periódico que ya tienen sus propios perfiles para hablar de sus especializaciones, sea política o tecnología.
Otra cuestión es si nos gusta “pasar por este aro”. Comercializar nuestra identidad de esta manera requiere más trabajo y tiempo, y no garantiza que se nos abran puertas. Esa meritocracia digital, que uno puede pensar que es más sencilla porque el algoritmo te puede premiar, a veces no funciona. Veo a mucha gente creando contenido y pienso: “Si es que tienen ocho likes”. Y a mí también me pasa. Es complicado, pero crear marca es el presente.
Entonces los periodistas tenemos que entrar en la competición de las métricas con todos los demás creadores de contenidos…
Claro. Por ejemplo, el otro día una marca me escribió para moderar una mesa redonda y sé que estoy compitiendo con personas que quizá ni siquiera son periodistas, sino creadores. Soy consciente de que la marca va a mirar cuántos seguidores tengo, el ‘engagement’ y demás. Como periodista, no puedo competir con un creador que me lleva años de ventaja generando contenido. Sin embargo, gracias a mis tablas en comunicación y a mi experiencia, probablemente pueda moderar esa mesa mejor.
Los periodistas estamos entrando en un circuito que no es el tradicional. Tenemos que amoldarnos a nuevos lenguajes y formas de hacer: eso es lo complejo. Quizá para mí es más sencillo porque he crecido con esto, moldeando mi identidad en Instagram, pero para otras personas es mucho más complicado. Aun así, sí es cierto que podemos partir con una cierta desventaja.

Vivir en “modo LinkedIn”
Describes en tu ensayo una contradicción laboral para una persona trabajadora en el entorno digital. Por un lado, la presión por la marca personal y el vivir en un “modo LinkedIn” constante y, por otro, la coerción de las empresas que prefieren reclutar perfiles “mansos” que se adapten a la marca corporativa. ¿Cuál crees que es el encaje de ambas situaciones?
Lo menciono en el libro: personalmente no me han puesto trabas al respecto, pero conozco a mucha gente a mi alrededor que sí las ha sufrido. Resulta contradictorio que a los perfiles creativos —periodistas, diseñadores, músicos o diseñadores gráficos— se nos exija visibilidad y un porfolio constante. Es una realidad: si tengo más seguidores, llamaré más la atención de un medio o de una editorial. ¿Cómo es posible, entonces, que debamos pasar por ese filtro de visibilidad para entrar, pero una vez dentro de la estructura tradicional no quieran que sigamos destacando? No tiene sentido. El sistema debe evolucionar, especialmente en su relación con este tipo de perfiles.
Debemos ser conscientes de que no vamos a heredar la empresa. Los periodistas jóvenes cobramos mal, las jornadas a menudo se alargan y las condiciones laborales no son las mejores. Uno tiene que buscarse la vida con proyectos paralelos, buscando moderar charlas, etc... Es ingenuo por parte de las empresas tradicionales pensar que solo vamos a rendirles pleitesía cuando lo que ofrecen no permite vivir con la holgura que nos pudieron dar nuestros padres. Cito en el libro el caso del medio Relevo, que en su momento permitía a sus periodistas colaborar con otros medios. Esa es la fórmula del futuro: si el presente nos exige ser una marca, también se nos debe dar el margen y la cancha para estar en diferentes sitios.
El subtítulo del libro alude al “desencanto de una generación que quiso vivir de internet”, totalmente opuesto a “Un trabajo soñado”. No sé si pensabas que llegarías hasta ese “desencanto” al iniciar la escritura. Y es que en el entorno digital, el trabajo tiende a convertirse en una repetición constante e infinita, una sensación de sentir que trabajas frenéticamente pero también sentir a la vez que no avanzas. Hablas de la superproductividad, del trabajo que nunca termina. ¿Tiene que ser este machaque inherente a la profesión?
Trabajar en internet, crear e idear, es para mí un trabajo soñado, pero resulta irónico porque este escenario tiene también muchas sombras que quería explorar. Al hablar de “desencanto” —y tras leer las reseñas que han ido saliendo sobre el libro—, me gusta que los periodistas perciban que no es un ensayo destructivo: no pretende serlo. Yo voy a seguir trabajando en internet y esta reflexión me ha servido para hacer las paces con el sistema, sabiendo que estoy “pasando por el aro” de manera consciente. El subtítulo con la palabra “desencanto” me recordaba a El descontento, la novela de Beatriz Serrano, aunque ella tiene un tono completamente distinto. Yo planteo mi ensayo como una forma de dar claridad a un sistema que nos exige una productividad extenuante. Yo sigo dando clases a periodistas que están a punto de graduarse y, si antes les decía: “Crea un proyecto propio, muévete”, ahora les digo: “Antes de empezar, entiende el sistema en el que te vas a meter: entiende esta rueda de hámster”. Sé consciente de dónde entras y, si tienes vocación y te apetece, entonces pasa por el aro. Pero entiende que el periodismo hoy, más allá de ser una herramienta social de información, nos exige entender la profesión desde una lógica distinta.
Hablas también extensamente de cómo la creatividad ha sido cercenada por el algoritmo, de la uniformización de contenidos, de la homogeneización de las tendencias, del contenido basura generado por la inteligencia artificial (AI Slop),... ¿No ves otra alternativa a que la creación mayoritaria sea como esos bloques cebra sin matices en un PAU de la actualidad?
Es difícil. Creo que se ven algunos rayos de esperanza en lo que se denomina “resistencia creativa”. Hay gente pensando en alternativas como los “jardines creativos” o pequeñas modas de desuscripción de newsletters para pasar de un consumo pasivo a uno activo que nos permita crear después. Lo que me preocupa de estos modelos de resistencia es que recaen excesivamente en el individuo. Son soluciones temporales: un día decido poner el ‘feed’ cronológico en vez del algorítmico, o me descargo una aplicación como Brick para no tocar el teléfono en 24 horas y salirme de este entramado de exigencia. Pero son solo modas.
Hasta que no seamos capaces de entender realmente cómo funciona el algoritmo, seguiremos jugando a tientas, como a la “gallinita ciega”, sin conocer las reglas de un sistema totalmente opaco. Las soluciones deben venir “desde arriba”, de un sistema comunitario y común. De poco sirve que yo deje X (Twitter) para irme a Bluesky si no sé quién me va a leer allí. Al final, aunque quiera disfrutar de la creación, mi trabajo también tiene un componente productivo y utilitario: necesito que las cosas funcionen.
Cuentas al principio del libro que cuando acabaste la carrera en universidad todavía la mentalidad de horizonte laboral era el trabajo convencional, como si no hubiera certeza de los límites de ese modelo. ¿Por qué crees que sigue habiendo tanto ‘gap’ en la formación universitaria?
No lo sé. Este verano se cumplirán seis años desde que me gradué y estoy segura de que se han puesto algo al día —al final la educación es también un negocio y crean mucha oferta de másteres y cursos para que uno pueda estar actualizado—. Sin embargo, creo que el problema reside en el perfil del profesorado. Muchos de los profesionales que te hablan de su experiencia llevan 40 años en la televisión o escribiendo en medios tradicionales. Falta, en ese abanico de formadores, gente que venga de otros ámbitos: alguien que haga un podcast o escriba una newsletter. Solo así se podrían explorar alternativas reales. Lo más “moderno” que yo vi en la facultad fue cómo crear un perfil en LinkedIn, algo obvio, pero tampoco muy útil cuando sabemos que en el mundo del periodismo las ofertas rara vez se mueven por esa plataforma. Supongo que falta eso: una representación fiel de todo el ámbito comunicativo que tenemos en 2026 y que en 2020 aún no estaba todavía tan asentado.
Tu newsletter, Fleet Street, es una referencia para comprender las tendencias en el sector de la comunicación y te ha ayudado a abrirte muchas puertas, pero también te ha generado en ocasiones incomprensión, no sé si igual que tu trabajo en el medio digital WATIF. ¿Crees que al sector de los medios les sigue costando tanto ver el “aire fresco” de muchos proyectos emergentes, ya sea para imitar, replicar o incluso absorberlos?
A menudo he sentido una cierta condescendencia o la necesidad de sobreexplicar lo que hago para que se entienda. Incluso con tecnicismos básicos: si digo la palabra newsletter, es que ese es su nombre, no tiene otro. Puedo decir “boletín”, pero no estamos habituados a ese lenguaje. Hay gente muy parapetada en lo que hacía hace décadas, que es lo único válido para ellos: a ese perfil hay que sobreexplicarle todo. En determinados ambientes me sigo sintiendo un poco como un pez fuera del agua porque noto que no comprenden mi trabajo. Pasa con Fleet Street y con WATIF. Falta que las cosas “rueden” un poco más para que sean algo ‘mainstream’ o común. Pero es cierto que los medios quieren sacar beneficio de lo nuevo: El País, por ejemplo, ha sido muy innovador con sus fórmulas. Sin embargo, en España solemos ir a remolque de lo que vemos fuera.
Al final, el negocio es el negocio y hay que pensar en lo que funciona, pero sigo encontrando condescendencia e incomprensión, porque los trabajos en internet son distintos a los que ellos estaban habituados. Toca seguir haciendo pedagogía de que de esto sí se puede vivir.
La dictadura de los algoritmos
La filósofa Remedios Zafra denunciaba en su famoso ensayo El entusiasmo (2017) que éste se había convertido en la base de la precariedad, legitimando trabajos no remunerados o condiciones abusivas. Es decir, como amamos lo que hacemos, se asume que el pago en "capital simbólico" (likes, visibilidad, aplausos) es suficiente. ¿Sigue habiendo, casi una década después, demasiado entusiasmo en el entorno digital, aunque sea para repartirse, como tú escribes, las “migajas que te deja el algoritmo”?
Sí, al 100%. Creo que sí, y persiste porque se mantiene el anhelo, el deseo y la expectativa de que vamos a poder conseguirlo. La realidad es que no todo el mundo lo logrará. Los periodistas y perfiles creativos jugamos en el mismo campo que los ‘influencers’ —esa pirámide de clases sociales de internet— que cobran 3.000 euros por un story. Pensamos: “¿Por qué no podría hacerlo yo, contando información o recomendando libros?”. Creemos que nos puede tocar esa lotería. Ahí reside la mentira. La meritocracia digital, al igual que la ‘offline’, no existe: hay que hacer las paces con eso. Yo sigo creando en internet porque lo disfruto y, dentro de lo que cabe, me ha ido bien, pero entiendo perfectamente a quien empieza una newsletter o a crear vídeos y lo deja al ver que no le ve nadie. Pero, al final, ¿qué otra cosa vas a hacer?
¿Cómo crees que los nuevos medios pueden sobrevivir dependiendo plenamente de plataformas tecnológicas? Hay ejemplos con grandes números de audiencia y alcance, como Relevo o Freeda, con un crecimiento basado en creadores de contenido y plataformas sociales, que no han podido continuar…
Me preocupa mucho. Estamos en un momento muy delicado. No envidio a los directivos de medios que tienen presupuesto para invertir, porque la dirección a seguir es difícil. Actualmente hay un camino marcado: seguir el algoritmo, colaborar con creadores... Existe una pauta básica. El problema es que esas reglas pueden cambiar en cualquier momento, porque dependemos totalmente de las tecnológicas. Lo que antes generaba mucho tráfico en Twitter, con la llegada de Elon Musk, dejó de hacerlo. A mí me pasó con mi newsletter en Substack: conseguía muchas visualizaciones gracias a Twitter, pero cuando Musk cortó relaciones con la plataforma, el tráfico desapareció. Es un juego de malabares constante para amoldarnos a lo que piden las redes. Ahora la estrella es Instagram, pero YouTube también funciona muy bien, a pesar de que cuando llegó TikTok muchos anunciaron su defunción.
Si eres un medio nativo digital que necesita sobrevivir, parece que no puedes salirte de esa pauta. Sin embargo, hay ejemplos diferentes y atractivos. Recientemente conocí un medio llamado Página Internacional que hace curaduría de reportajes de todo el mundo. Pagas una suscripción y ellos seleccionan, traducen y recomiendan piezas del Wall Street Journal o de revistas francesas. Me parece una vía interesante porque no consiste en “cebar” al algoritmo con miles de vídeos. Aun así, no se puede predecir la sostenibilidad a cinco años. Los medios tienen las manos atadas: deben pagar nóminas y evitar los números rojos, lo que les obliga a seguir las normas de las tecnológicas. Como comentaba antes, el cambio real debe venir “desde arriba”.
Un trabajo soñado se presenta en Madrid el miércoles 11 de abril en la Librería Parenthesis a las 19.30h y en Barcelona el miércoles 18 de abril en la librería +Bernat a las 19.00h.
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