La gallina de los huevos de oro
Hay preguntas que con el tiempo se vuelven más difíciles de responder, como la de si es la publicidad la que marca la cultura o solo un reflejo de ella.
Cuando te pones a pensar, recuerdas décadas de anuncios de compresas con líquido azul. Y sabes que en algún momento, en alguna sala de reuniones, alguien tuvo que decir "¿y si ponemos el líquido del color real?". Y otro alguien respondió "mejor no". Porque la sangre menstrual no llegó a la gran pantalla hasta hace tres años.
Es entonces cuando te preguntas por el huevo y la gallina. ¿Qué fue antes: la marca que mostró sangre roja o el hartazgo colectivo que ya llevaba años gestándose en conversaciones, en hilos de Twitter, en artículos que nadie de la industria parecía leer? Porque me atrevo a decir que esa marca no fue revolucionaria. Fue lista. Supo leer el momento justo. El instante en el que el cambio ya estaba lo suficientemente maduro, lo suficientemente seguro, lo suficientemente rentable como para no ser un riesgo real. Dio altavoz a lo que ya existía. Y se llevó los laureles.
A las marcas nos gusta mucho ponernos la medalla de agentes de cambio social. Nos encanta hablar de cómo lideramos conversaciones, rompemos tabúes, empujamos límites. Pero la mayoría de las veces vamos tres pasos por detrás. Esperamos. Tanteamos. Medimos. Y cuando el terreno ya está seguro, entonces sí, plantamos nuestra bandera.
Quizás la pregunta del huevo y la gallina sea en realidad una trampa. Un debate cómodo que nos permite evitar la pregunta incómoda: si la publicidad y la cultura se co-construyen, ¿por qué no usamos nuestros micrófonos y altavoces para dejar construir desde la comodidad?
No podemos seguir lavándonos las manos diciendo que solo reflejamos la realidad. Elegir qué realidad mostrar ya es una elección. Ya es construir mundo. Y si construimos tarde, que luego no nos sorprenda cuando nos llamen oportunistas.
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