La paradoja de la clase media: el ocio como identidad
Según el informe de Juan Isaza (Global Strategy Partner en DDB), hay una migración hacia la recursividad ingeniosa y los formatos reducidos para impactar en una clase media que se contrae y lucha por conservar su nivel de vida. El llamado "Sistema D" es el nuevo motor de consumo. La influencia se traslada a los "gleamers" y al uso de "mini-formatos" como herramienta para mantener la aspiracionalidad en presupuestos de supervivencia.
La incertidumbre económica ya no es una abstracción macroeconómica: se vive como una angustia cotidiana. En nuestro trabajo de escucha digital lo vemos claro. La gente no habla de inflación o de tipos de interés: habla de alquileres imposibles, de la gasolina, de la compra semanal, de cuánto cuesta un concierto o de salir a cenar.
La vivienda concentra una media de 21.600 publicaciones diarias, con picos de interés de más del 80 %. El combustible, que hace un año apenas generaba conversación, ha llegado a dispararse un 450 % en sus momentos de mayor tensión, con unas 4.000 publicaciones diarias. La presión no solo se sufre: se narra y se comparte.
Ahí se dibuja la paradoja de la clase media. Según el INE, un tercio del presupuesto del hogar se destina a vivienda y suministros. Pero el problema no es una partida, sino la suma: acceder a la vivienda es estructuralmente inviable para una generación, mientras lo demás también sube. El BCE lo refleja: la renta real creció un 3,8 % entre 2022 y 2024, pero el consumo apenas un 1,2 %. Sobre el papel hay más dinero: en la práctica, no se percibe así. La respuesta es el ‘Sistema D’: más visitas a tienda con cestas más pequeñas, marca propia al 45,9 %, segunda mano normalizada, menos salidas pero más justificadas. Un repertorio de tácticas para adaptarse sin renunciar del todo.
En este contexto, WGSN habla de los ‘gleamers’: consumidores que sustituyen grandes hitos por ‘minorstones’. La lógica es tan sencilla como demoledora: si sé que no voy a poder ahorrar para una entrada de piso en los próximos diez años, ese dinero que no va a ningún lado lo meto en unas vacaciones, en un concierto o en un festival, en una cena... Porque esos alivios no solo se viven: se publican. Existe una presión implícita por enseñarlos, por hacer visible que, a pesar de todo, se sigue participando de ese estilo de vida. En ese gesto, el ocio deja de ser solo una válvula de escape —un paréntesis frente a la presión cotidiana— y se convierte también en un marcador de identidad.
Cuando los pilares tradicionales de la clase media —la vivienda, el ahorro, la estabilidad— se vuelven inalcanzables, lo visible se desplaza hacia lo experiencial. El ocio compartido en redes funciona entonces como doble refugio: permite evadirse del día a día y, al mismo tiempo, sostener una narrativa de pertenencia.
Y ahí emerge la pregunta de fondo: ¿estamos viendo una evolución natural en cómo consumimos o la forma en la que una generación aprende a adaptarse cuando el futuro que esperaba deja de ser alcanzable?
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