La Velada del Año: la pelea que ha ganado el streaming
Lo que hace especial a La Velada es una mezcla de ingredientes, juntando cuatro cosas que antes vivían en mundos separados como es el directo, los creadores de contenido, el marketing de marca y el espectáculo a gran escala.
Imagina explicarle a alguien de hace diez años que un chaval que hacía comentarios de videojuegos por internet, iba a llenar un estadio de fútbol con 80.000 personas para ver boxear a otros creadores de contenido. Te miraría raro, sin ninguna duda. Y sin embargo, aquí estamos, en la sexta edición de algo que ya nadie se atreve a llamar "solo un streaming", ya que la anterior rompió todos los pronósticos con 9,19 millones de dispositivos conectados a la vez y más de 144 millones de visualizaciones en una sola noche. Ni una final de Liga ni una gala de televisión convencional en España mueven hoy esas cifras.
Así que, como quien lleva años mirando de cerca la industria del entretenimiento, os cuento las cuatro razones por las que creo que La Velada se ha convertido en algo mucho más grande que una pelea de boxeo.
1. Ibai, el estratega que nunca deja que la fiesta se apague. Lo primero que me fascina es cómo Ibai ha evitado el error que mata a casi todos los fenómenos virales, el repetirse. En vez de vivir del hype de la primera edición, cada año sube la apuesta sin preámbulos. Este año la producción incluye más de 1.500 m² de escenario y torres de 24 metros, con un presupuesto cercano a los 13 millones de euros, todo bajo la dirección de Velaris-Kena Productions, su propia productora. No es ni casualidad ni suerte, sino la decisión -edición tras edición- de que el espectáculo tiene que ser objetivamente mejor y no solo tener más ruido alrededor. Por ese motivo cada Velada bate su propio récord, que es justo lo que le pasa a la mayoría de los fenómenos de internet.
2. Los influencers, el corazón que hace latir todo esto. Lo segundo es lo que más me emociona del formato, porque pienso que nadie sube a ese ring como un desconocido. Llegan arropados por meses de entrenamientos compartidos en redes, también de alguna que otra rivalidad que la red ha vivido en directo, de una historia que ya sentimos como nuestra antes de que suene la primera campana. Pues sí, creo que ahí está el secreto. Y el impacto para ellos es enorme. Ejemplo RoRo, protagonista del combate más visto de la última edición, tiene hoy 4,8 millones de seguidores en Instagram y 10 millones en TikTok, y encadenó después un libro, una empresa propia y un concurso de televisión. Casi nada. Subir a ese ring puede cambiarte la vida en unas semanas. Y lo que lo hace creíble, lo que nos engancha, es que el golpe es real, que ahí no se puede fingir nada, y eso es exactamente lo que la comunidad premia.
3. Marcas: de anunciantes a parte de la historia. Lo tercero es puro negocio, y, al menos para mí, es apasionante verlo funcionar. Marcas como Revolut, Grefusa, Spotify, Alsa, Vicio, Coca-Cola, Mahou o CeraVe no están ahí para colgar un cartel, sino que están ahí para formar parte de la conversación. Pensando en Grefusa, duplicó su engagement habitual en redes durante la campaña. Revolut sumó 250.000 usuarios nuevos en España gracias a una preventa exclusiva de entradas. Spotify superó el 40% de share en sus listas de deporte y motivación durante el mes del evento. Ninguna campaña de televisión tradicional promete, hoy por hoy, resultados así. Por eso las marcas, además de querer salir más, buscan integrarse mejor.
4. El espectáculo que se construye durante meses, aunque solo veamos una noche. Y lo cuarto es lo que casi nadie ve, pero hace posible todo lo demás. Más de 600 trabajadores convirtiendo un estadio de fútbol en un plató de última generación, con 160 toneladas de lastre y casi 1.000 amperios de consumo eléctrico; y sumando un cartel musical de altura, con Anuel AA, Yandel, Juanes o Bad Gyal, que convierte la noche en gala deportiva, festival y evento de streaming a la vez. Es un nivel de producción que hace muy poco solo se veía en las grandes productoras audiovisuales.
No tengo dudas que, cuando se apaguen las luces de La Cartuja el 25 de julio, no habremos vivido solo una pelea, estaremos viendo, en tiempo real, cómo se escribe el nuevo futuro del entretenimiento.
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