El canon cultural se hace líquido
La irrupción de la inteligencia artificial en la creación artística está transformando no solo la forma de producir cultura, sino también nuestra manera de entender la autoría, la creatividad y el valor de las obras.
Con motivo del estreno en París de la obra de teatro “El astrólogo o los falsos presagios” las redes se han llenado de comentarios sobre “la irrelevancia” del autor de una obra cultural. Es como si volvieran esos artistas que en la Edad Media esculpían las paredes de las catedrales sin dejar su firma porque lo único que les importaba era la obra en sí, levantada con esfuerzo anónimo a mayor gloria de Dios. Ahora Dios sería el consumidor de cultura; o tal vez sería mejor decir de entretenimiento, que no siempre es lo mismo. No es que se defienda que sea irrelevante el género, raza, religión, ideología o edad del artista, que eso es un viejo e inagotable debate. Lo que se argumenta, no sin cierto regocijo por parte de algunos internautas, es que ya es irrelevante si el creador de una obra literaria o artística es humano o artificial. Poco parece importarle a estos tecnoentusiastas el hecho evidente de que para que un robot escriba una obra de teatro “como Molière” primero tiene que haber existido Molière. O que estemos hablando de un proyecto de la compañía francesa Théâtre Molière Sorbonne que ha tardado dos años en producirse después de largas sesiones de validación y enmienda por parte del equipo humano que ha ideado y dirigido el experimento. Se habla de más de 20.000 interacciones entre algoritmos, lingüistas, historiadores y actores antes de llegar al texto final. La validación ha sido el escoplo de los escultores de esta catedral.
Por las mismas fechas se hizo público que aproximadamente el 40% de las nuevas canciones que se suben diariamente a Spotify o Deezer han sido creadas íntegramente con IA. Algunas deben su éxito a escuchas programadas por bots que generan una espiral de recomendación y consumo. La IA convierte en estrella musical a la propia IA en un bucle infinito que de artístico tiene poco.
El argumento que más parece divertir es que ni el más culto de los espectadores puede discernir si una obra de teatro, una sinfonía o una novela ha sido escrita por un humano o una máquina. Como si eso demostrara algo. Puede que la obra creada por una máquina engañe a su público haciéndole creer que está en diálogo con un ser humano con el que comparte inquietudes metafísicas, existenciales o estéticas, pero siempre será el engaño de un imitador que para practicar sus imposturas necesita que antes se haya creado un canon cultural; en el que, dato importante, está incluida la obra de muchos creadores que fueron incomprendidos en su época. La IA puede replicar, copiar o sintentizar ese canon, pero aún no sabemos si sus contribuciones presuntamente artísticas van a integrarlo o modificarlo con el paso del tiempo. Ni siquiera está claro que a partir de ahora pueda hablarse de canon porque la experiencia cultural está tan fragmentada y personalizada que cada uno tendrá el suyo, que es lo mismo que decir que no habrá ninguno. Ya no hay autoridad crítica vertical que eduque los gustos, ni consumo popular y simultáneo ritualizado. En estas circunstancias, será difícil que una obra se convierta en lo que antes se consideraba un “clásico”. ¿Qué consecuencias tendrá esto para la cohesión social que generaba la cultura o para el cultivo de la identidad de grupo? Es otro de los enigmas de nuestro tiempo.
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