Es personal... Carlos Sanz de Andino, Presidente creativo de Darwin & Verne

Acabó ICADE y decidió dedicarse a la creatividad, algo que solo puede hacerse desde las entrañas. Esta es solo una de las confesiones que nos hace Carlos Sanz de Andino para ayudarnos a comprender la psique de los creativos.
Tu manía creativa
No tengo manías que merezcan ese nombre. Hay cosas que repito, supongo. Me gusta conocer el tema sobre el que pienso y encontrar bien qué hay que decir. Por eso leo mucho y peloteo con otros, porque nunca sabes dónde se esconde la pista buena. Empiezo pensando solo, con música a veces y dibujando siempre. Luego hago otras cosas y dejo que todo macere junto al resto de mí. Hemingway decía que ser escritor no es un trabajo a tiempo completo; hay que vivir, que es donde se hallan las historias. Por eso, a menudo, todo lo que aprendes de un producto se conecta con una canción, una frase de un libro, una vivencia con amigos o un recuerdo de niño. Inventar es siempre reinventar. A veces cuesta que las conexiones sucedan a tiempo, y entonces, volviendo a Hemingway, sí que toca recurrir al único ritual que nunca falla: ponerse delante de la máquina de escribir y sangrar.
Tu decisión profesional importante
Tengo dos decisiones que podrían competir por ser la más valiente, arriesgada, difícil, tonta o todo a la vez. La primera fue dedicarme a la creatividad después de acabar ICADE. Tenía salidas lógicas, seguras y que le hubieran puesto los pelos menos de punta a mi madre. Pero aquello estaba en mí y tenía que probarlo. La vida me ha enseñado que lo arriesgado es renunciar a lo que llevas dentro por caminos supuestamente más seguros. Y la segunda fue montar mi agencia. En aquel momento tenía ofertas cobrando más de lo que hoy cobro, pero pensé que trabajar para otros siempre sería una opción, y que la ventana para montar mi propia agencia se había abierto en ese preciso instante y, si no la aprovechaba, se iba a cerrar. Y aquí estoy, al otro lado del cristal. No sé qué hubiera pasado si no hubiera tomado esas dos decisiones, pero no me arrepiento de ninguna de las dos. Y, al final, hasta a mi madre le acabó gustando la publicidad.
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