Dejad a los monos en paz
Me llamo Javier, y soy uno de esos creativos que presume de haber vivido en Internet. Mi huella digital se remonta a 2013 bajo el sobrenombre de Funky Kong.
Bajo el avatar de Funky Kong (este nombre es falso, no os voy a dar ese gusto) y con solo 13 años, empecé compartiendo mi amor por Pokémon en un foro; Luego, me pasé a los subforos de literatura donde escribía relatos espantosos sobre niños con superpoderes; luego descubrí el anime, los libros de Canción de Hielo y Fuego, a Hatsune Miku, y a Lady Gaga; me pasé a diseñar fondos de pantalla de anime con Photoshop CS5 (algo que a día de hoy valoro como mi formación secreta en dirección de arte); y me hice una cuenta roleplay de mis personajes favoritos en el antiguo Twitter; hice amigos inseparables y algún ciberbully al que a día de hoy deseo que se le caigan todos los dientes. Con 16 años ya había aprendido el dialecto secreto del meme y lo referencial, y me sabía de pé a pá las relaciones geopolíticas entre Plaza España y Diego Poza.
Y es que Internet es una jungla, concretamente un santuario de monos: Monos que se desparasitan entre ellos, que se cuidan, y que se comunican a base de golpear rocas o hacer pedorretas con la boca. También monos que se pelean por su territorio, que celebran sus propios ritos funerarios, o que fabrican sus propios instrumentos de música con cocos. En los santuarios de monos hay investigadores que observan, como Jane Goodall. Jane Goodall se pasaba horas en silencio detrás de los arbustos, anotando qué comportamientos de los primates se parecían tanto a los humanos, y tras meses de investigación los reportaba a la comunidad científica. También salió en Los Simpson.
Cuando a día de hoy alguien me pide algo que se acerque a los chicos de ahora, me siento Jane Goodall.
Cuando tengo que pensar en publicidad, me ato las botas, me pongo un sombrerito de safari, y me dirijo al santuario. Es en ese momento cuando me encuentro con diecisiete marcas apuntando a toda pastilla, listas para disparar cada pedazo de insight en su siguiente campaña. Y lo hacen con mucho descaro.
Es posible que si no andáramos detrás de las nucas de los jóvenes con la cámara del teléfono encendida pendientes del próximo niño del swish swish, estos jóvenes podrían estar inventando la siguiente vanguardia de la moda o descubriendo su vocación en la vida (o solo se queda en una tarde con los amigos, ¡que también!) ¿Sabíais que los adolescentes de Akihabara y Harajuku están huyendo espantados por los turistas de estos barrios? ¿Que las gothic lolitas, los visual-kei, y los punks de Tokio están huyendo de tanta exposición? ¿Y que ellos también han sido niños con ganas de expresarse que convirtieron estos barrios en el epicentro de la moda en Japón?
Explotamos todas las estéticas raras, todos los lenguajes secretos, y todos los usos y costumbres que forman comunidades... porque si no, otro vendrá y lo hará antes.
Ellos necesitan intimidad dentro de Internet para desarrollarse, y yo necesito de su intimidad para unos posts en redes de Primor.
Doy un aplauso aquí a esos pocos creativos que se sientan a estudiar de dónde sale cada moda urbana, sin fastidiar a los demás. Yo, como exmono, me siento culpable cuando uso como arma publicitaria el equivalente a mis Expomangas, a mis foros y a mis relatos con superpoderes. Siento que irrumpo la naturaleza de adolescentes que tienen ganas de divertirse o desparasitarse entre ellos, como las batallas de aura, el 67, u otros memes que ya se habrán quemado.
Creo que, si durante mi época de Funky Kong, una marca hubiese irrumpido en mi santuario y hubiese monetizado mi roleplay anime en Twitter o mis fan arts de Homestuck, yo también habría huido. Me habría ido... no sé, al instituto. Me habría vuelto un niño normal y reprimido, y habría acabado estudiando ADE con Turismo (despectivo).
Qué bonito esto de haber sido mono, y qué bonito haberlo sido tan creativo, pero para tener cosas bonitas, primero hay que dejar en paz a los puñeteros monos.
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