Zambullida en la charca
¿Puede un creativo publicitario que se precie beber de la charca de las modas pasajeras y las tendencias "mainstream"?
Parece que hay que beber té matcha, aunque lo odies. Que seguir a Ceciarmy es innegociable. Y que, al que no pueda permitirse un Labubu, se le asignará uno de oficio. Pero para ser charca no hace falta nada de eso. Solo seguir las modas superficiales y horteras que siguen todos los demás, sin pararte a pensar demasiado en por qué lo haces.
Ahora, ¿es malo serlo? Yo diría que no. Natalia Lacunza ya despejó toda duda posible duda sobre este tema cuando reflexionó en La Pija y la Quinqui sobre el “legítimo derecho a que te gusten las cosas que le gustan a los demás”. Y es cierto: La vida es demasiado corta para cuestionarte por qué dejar de hacer lo que te hace feliz.
Ahora bien, el discurso cambia cuando eres creativo publicitario.
¿Un creativo puede permitirse “ser charca”?
Durante un tiempo pensé que ser creativa era estar siempre del lado diferente y detergente de la historia. Ser las hijas de todas aquellas chicas alternativas que exigían conocer tres canciones de Nirvana para poder llevar una camiseta del Bershka. Ser el azote de lo mainstream, que no se crea ni se destruye, se transforma.
Pero cuando nos quitamos la gorra de policía del buen gusto, recordamos que estas tendencias no siempre fueron despreciadas. Que son bajas de una guerra de contenidos. Que las odiamos porque se mueren. Y que nosotros somos buitres haciendo círculos sobre esos conceptos agonizantes, para reivindicar lo alternativo sobre ellos.
El criterio es un deber de todo creativo. Pero también lo es saber el tiempo y lugar dónde se encuentra. Y matar aquello que ya se está consumiendo (en ambos sentidos de la palabra) sería hacer trampa. Casi tanto como lo sería crear solo en base a lo que está de moda y lo que no.
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