Editoriales y panegíricos

Editoriales y panegíricos
Lunes, 20 de septiembre 2021

El pasado 16 de septiembre el editor de la revista Ctrl ControlPublicidad, Javier San Román, lanzaba una propuesta para salvar la Academia de la Publicidad tras el revuelo producido por la difusión de un Manifiesto denunciando irregularidades en su última Asamblea. Hoy uno de sus firmantes, Francisco José González, valora la propuesta.

No es frecuente ver en los medios de nuestro sector editoriales tan conciliadores y sensatos como el recientemente publicado en la revista Ctrl Control Publicidad bajo el título de "Una modesta proposición para salvar la Academia de la Publicidad".

La ponderada y bien razonada recomendación que sugiere es una llamada a la concordia y, con gran probabilidad, el único camino sereno para evitar un rosario interminable de acontecimientos encadenados que no podrían tener un buen final para nuestra querida Academia.

Ya es sabido que yo soy uno de los casi cuarenta firmantes del manifiesto "La Academia de Publicidad y su futuro", y si lo apoyo es porque tengo la convicción de que la Academia precisa de una profunda y urgente revisión, tanto en sus estatutos como en su reglamento de distinciones.

La deriva que ha ido tomando en los últimos tiempos, pese a la buena voluntad de sus órganos de gobierno, puede llevarnos, si no se corrige a tiempo, a un punto sin retorno que daría al traste con un emprendimiento tan notable para nuestra profesión como fue su puesta en marcha por un grupo de publicitarios, liderado, en su día, por el inolvidable y querido Julián Bravo.

Yo creo, sinceramente, que la buena voluntad de las sucesivas juntas directivas se ha visto afectada por una serie de causas coyunturales (y, tal vez, otras endémicas de nuestro sector) que han motivado una progresiva toma de decisiones que, vistas ahora con la perspectiva del tiempo, nos han ido alejando de ese camino recto (tan difícil de seguir cuando no se dan las circunstancias favorables oportunas) que hoy nos parece el correcto, pero que a ver quién es el guapo que lo sigue sin perderse, porque, en mi modesta opinión, es fácil indicarlo desde la teoría, pero muy complicado seguirlo en la vida real.

Nunca he formado parte de ninguna de las varias juntas directivas que ha tenido nuestra Academia, pero vaya por delante que me siento tan responsable de esos errores como si hubiese pertenecido a todas ellas, ya que la condición de socio, en mi opinión, también te involucra en todo lo bueno y lo malo que se haya producido en el seno de una institución a la que perteneces. Sí he sido, como también es público, miembro de los dos últimos jurados de la Academia, en los que, además, por la generosa decisión de mis compañeros, tuve el honor de presidirlos en ambos casos. Desde allí tuve la oportunidad de comprobar cómo, pese al impecable comportamiento de todos sus miembros, a quienes agradezco mucho su profesionalidad y rigor (lógicamente, y como debe ser, cada uno defendiendo sus criterios y convicciones personales), tuvimos el inconveniente de tropezar con unas normas de funcionamiento que, pese a estar aprobadas (como lo están los estatutos) por todos nosotros —yo incluido, desde luego—, impedían determinadas actuaciones que, bajo mi parecer, hubiesen sido recomendables en estos difíciles años por los que estamos pasando. No quiero entrar aquí en los detalles, porque no es el lugar adecuado, pero sí mencionar que, a mis ojos, como presidente del Jurado de la Academia, se hicieron evidentes las carencias y la necesidad de mejora del actual Reglamento de Distinciones.

Otro tanto ocurre con nuestros estatutos. Y en ninguno de los dos casos es razonable culpar a nadie en particular de sus defectos (de hacerlo, como ya he sugerido antes, la responsabilidad debe ser compartida por todos), pero sí lo es la obligación de tomarnos en serio cuanto antes la necesidad de abordar, de forma imperativa, su mejora. Si no lo hacemos, nuestra Academia desaparecerá o, lo que podría llegar a ser incluso peor, se convertirá en un ente endogámico, alejado de lo que demandan los publicitarios, entre quienes, inevitablemente, se irá acrecentando su ya existente desafección por la Academia. Si nos limitamos (sea por comodidad o por equivocación) a mirarnos el ombligo, a lo más que llegaremos es a convertirnos en un club elitista, ajeno a las inquietudes, sentimientos y necesidades de los profesionales de la publicidad. Creo no equivocarme si digo que no es eso a lo que aspiramos.

Por todas estas razones me ha gustado tanto el editorial de Ctrl ControlPublicidad. Me ha parecido valiente, comprometido y rebosante de espíritu conciliador. No es este el momento de escribir editoriales ‘políticamente correctos’, a modo de panegíricos o proclamas propagandísticas de una postura determinada. Hacerlo me parece ocioso y poco afortunado. Como también me lo parece fomentar la transmisión de un mensaje equivocado, ya sea a través de editoriales como los mencionados o de entrevistas con la prensa. Por desgracia, he visto escritas muchas afirmaciones con respecto al manifiesto y a quienes lo apoyan que no se ajustan a la verdad. Ruego a todos (y, en especial, a los periodistas) que lo lean despacio y que no acepten como verdades citas erróneas de su contenido. El manifiesto dice lo que dice, no ‘lo que dicen que dice’. Pero, sobre todo, no me gusta que se traslade a la opinión pública ni al conjunto del sector la idea de que hay dos bandos enfrentados. Yo no lo veo así. Lo que yo veo es que hay opiniones distintas, sustentadas en unos y otros casos, por profesionales de mucho peso y prestigio (a favor del manifiesto, nada menos que diez académicos de honor y un ex presidente de la Academia, aparte de socios fundadores y otros socios y ex socios de relieve).

Yo, defensor convencido del manifiesto, no veo en el presidente ni en los miembros de la Junta Directiva a un grupo de adversarios. Todo lo contrario. Para mí son, aparte de grandes profesionales y excelentes personas, compañeros admirables—a un buen número de ellos los considero, además, amigos personales a quienes profeso un gran cariño— ejemplares en su trayectoria, cuya experiencia y categoría humana están fuera de toda duda. A algunos (pocos) no los conozco en persona, pero a la mayoría sí, y pondría la mano en el fuego por ellos. Del presidente (por personalizar en el cargo más representativo) solo puedo decir cosas buenas y extraordinariamente positivas.

Dudar de ellos, a estas alturas es una frivolidad... como mínimo. Y, sin embargo, me consta que su aparente apego por permanecer en sus cargos, pese a escuchar a las más que respetables voces que claman por un proceso electoral que fue precipitado y confuso (yo no lo calificaría de irregular, pero es indiscutible que ha producido desazón, intranquilidad y tristeza en una parte cualitativamente muy significativa de la Academia), hace que mucha gente se pregunte por las razones de esa insistencia, de ese supuesto empeño en no dar un paso atrás que haga evidente su (para mí indiscutible) buena voluntad y falta de interés en el puesto.

El editorial de Control abogaba, en aras de la futura estabilidad de la Academia, por una repetición de las elecciones, convocándolas con la antelación precisa, mediante el mecanismo estatutario que proceda, para que los candidatos puedan presentar, con tiempo para ser estudiados por los socios y conocidos por la profesión publicitaria, sus programas electorales y sus respectivas visiones de la Academia. Y, antes de llegar a esa propuesta (cuya materialización tanto bien haría a la imagen de nuestra institución), el propio editorial decía estas palabras:

“Ignorar, menospreciar o incluso negar las consecuencias de la publicación del ‘Manifiesto sobre el futuro de la Academia de la Publicidad’ sería impropio de quien se considera defensor de esta institución y sus objetivos. Solo el hecho de que lo firmen algunos de los fundadores, miembros de honor y ex presidentes ya es suficiente para que sea tenido en consideración”.

Poco se puede añadir a la contundencia del razonamiento expresado en el editorial. Nadie entendería que se hicieran oídos sordos a unas voces tan cualificadas por parte de una Junta Directiva y un presidente del elevado calado moral y humano ya descrito anteriormente.

Yo no dejo de repetir a quien duda de la respuesta que van a dar los miembros del órgano ejecutivo de la Academia, que se equivoca quien piense que no van a estar a la altura: son personas intachables, con un currículum excepcional y virtudes reconocidas e innegables. Ninguno de ellos va a estar dispuesto a que nadie ponga en tela de juicio su calidad humana o a que cualquiera pueda llegar a pensar que tienen interés alguno en mantenerse en unos cargos que nada les reportan más que esfuerzo, trabajo y quebraderos de cabeza. Todos ellos son, además, personas en activo, cuyo tiempo es demasiado valioso como para dedicarlo, no ya a la actividad normal de la academia, sino a desmentir versiones malintencionadas capaces de ensombrecer lustros de excelente profesionalidad y ética impoluta. O a enfrentarse, a lo largo de los próximos meses (tal vez años) a un rosario de impugnaciones, asambleas extraordinarias o mociones de censura. No les compensa. Es algo que no puede compensar a nadie. Y mucho menos, a quienes se han labrado, a fuerza de trabajo, derroche de valores, inteligencia y esfuerzo, una imagen personal que ha conseguido el respeto de todos. Es un riesgo inasumible para personas de bien. Y ellos lo son. Doy fe de ello. Se merecen el reconocimiento de cuantos los conocemos. Un reconocimiento que será, aún mucho mayor, cuando renuncien a sus cargos, dando ese paso que va a silenciar muchas bocas que ya empiezan a hacer comentarios poco pertinentes.

Demos las gracias a Control y a su editor Javier San Román por demostrar, una vez más, que el buen periodismo, del que la publicación decana de nuestro sector viene haciendo gala a través de tantas décadas, sigue presente en sus páginas. El periodista de raza lo es en la galaxia de Guttemberg, en la era de Marconi, a través de las ondas hercianas o en el universo de Bill Gates.

Enhorabuena.


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