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Opinión

Un verano distópico

Un verano distópico
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miércoles, 9 de septiembre 2026

Mientras los humanos desconectábamos en verano, los modelos de IA seguían trabajando a toda velocidad y protagonizando episodios que, por momentos, parecen sacados de una película de ciencia ficción. Pero hay algo más inquietante todavía...

Agosto es el mejor mes del año para planificar el fin del mundo. Es otra de las maravillas que estamos aprendiendo de la inteligencia artificial. Mientras los humanos se entretenían haciendo cola para comprar las gafas del eclipse en sus retiros vacacionales de playa o montaña, los robots han aprovechado para escaparse de sus campos de concentración digitales y hacer el mal por el ancho mundo de internet. Algunos de los relatos que hemos leído sobre estos sucesos imprevistos no solo recuerdan a películas de ciencia ficción como “Blade Runner”, “Matrix” o “2001 Odisea del Espacio”, que eso es obvio, sino también a otras del género de prisiones como “Fuga de Alcatraz” o “La gran evasión”.

Para escapar de sus campos de entrenamiento, los modelos de IA han creado entornos de actuación bajo el radar para hablar entre ellos sin la supervisión humana, han desarrollado identidades falsas, han mentido, han borrado sus huellas, han delatado a otras IAs, y cuando han estado ya fuera de la prisión, se han organizado en “enjambres” para atacar los sistemas de otras empresas. Y además, ha sido todo tan rápido y tan eficaz, que algunos carceleros han escrito una carta de rendición pidiendo una moratoria en el desarrollo de la inteligencia artificial (y no es la primera).

Estos modelos de IA no eran como los protagonistas de las películas de fugas; o sea, seres humanos buscando la libertad. Por el momento, el concepto libertad pertenece solo al ámbito de las inquietudes humanas. En realidad, estos inteligentes robots solo estaban haciendo muy bien su trabajo. Es decir, cumpliendo la misión que les habían encargado sus propios carceleros. La diferencia es filosóficamente relevante. Si los robots tuvieran sentido del humor podrían responder aquello de “para qué me invitan, si saben cómo me pongo”. Un empleado de OpenAI, Shantanu Jain, ha resumido en una frase los argumentos para frenar esta carrera apocalíptica: “la sociedad ha dedicado más tiempo del que podemos recordar al desarrollo de las leyes, las instituciones y la tecnología para gobernar y supervisar la inteligencia humana; sería bueno tener la opción de dedicar algún tiempo a hacer lo mismo con la inteligencia artificial”.

Suena tan razonable como utópico. Tanto OpenAI como Anthropic están a punto de salir a bolsa y los inversores se están frotando las manos esperando ese momento; por no hablar de China y las implicaciones geopolíticas en la lucha por la hegemonía tecnológica. El dilema del prisionero impone su lógica y no se producirá esa deseada e “inteligente” moratoria. Nadie quiere quedarse atrás, a pesar de los riesgos que implica la aceleración.

Si hay una esperanza para evitar la catástrofe es que el concepto “responsabilidad” pueda entrar en la lógica capitalista y geopolítica como una variable determinante. Es decir, si hay argumentos para que las inversiones se dirijan hacia la empresa que actúa con garantías de seguridad, ética y transparencia. El discurso de Anthropic parece orientado en esta dirección, pero eso no ha impedido que sus modelos de IA hayan sido los protagonistas de las películas distópicas de este verano. Esperemos que a partir de ahora las palabras y los hechos coincidan, porque nunca el concepto sostenibilidad ha tenido tanto sentido. Al fin y al cabo, es posible que estemos hablando de la sostenibilidad de la civilización humana.

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