Cuando lo que eres se convierte en lo que haces
Ya no soy tan creativa. O eso creo.
Hubo un momento en el que crear era jugar. No había briefs, ni timings, ni objetivos claros. No había nadie mirando por encima del hombro ni esperando un resultado brillante. Crear era simplemente eso: hacer, probar, equivocarse, volver a empezar.
Era un espacio sin presión donde todo valía, incluso lo que no servía para nada. Especialmente eso.
Pero llegó el momento de: “ama, quiero ser creativa”.
Creativa como profesión, no como parte de mi personalidad.
Convertí la creatividad en mi trabajo. Y lo que antes era refugio empezó a parecerse peligrosamente a una obligación. Ya no creo cuando quiero, sino cuando toca. Ya no exploro, ejecuto. Ya no juego, respondo. Y sin darme cuenta, dejé de crear para mí.
Lo curioso es que desde fuera podría parecer lo contrario: ahora creo más que nunca. Paso horas pensando ideas, desarrollando conceptos, buscando soluciones. “Qué guay poder trabajar de lo que te gusta”. Claro, es una suerte increíble. Pero hay una diferencia silenciosa y profunda entre crear para cumplir y crear para descubrir.
Una tiene miedo a equivocarse. La otra necesita equivocarse.
En el trabajo, el error cuesta tiempo, dinero, reputación. En el juego, el error es el camino.
Y cuando eliminas el error, eliminas también una parte esencial de la creatividad. Quizá por eso me siento menos creativa ahora. No porque lo sea, sino porque ya no tengo un espacio donde serlo sin condiciones.
Dejas de escribir por escribir, porque piensas que quizá podrías publicar algo. Dejas de dibujar por dibujar, porque no está “a la altura”.
Dejas de probar, porque no sabes si merece la pena.
Y lo que antes era juego empieza a parecerse demasiado a trabajo. Hay una diferencia entre hacer algo porque te apetece y hacerlo pensando en lo que podría llegar a ser.
Echo de menos crear sin objetivo. Sin tener que ser buena. Sin tener que justificar cada decisión. Echo de menos aburrirme y que de ese aburrimiento salga algo inesperado.
Echo de menos jugar.
Y tal vez la respuesta no esté en recuperar más tiempo o más inspiración, sino en recuperar ese espacio. Un lugar donde la creatividad no tenga que servir para nada. Donde no haya nadie esperando nada. Ni siquiera yo.
Quizá he olvidado que, sin espacio para lo inútil, lo imperfecto y lo que no tiene objetivo, la creatividad deja de ser creativa. Y se convierte solo en contenido que cumple. Porque quizá la creatividad no desaparece cuando se vuelve trabajo, solo se esconde cuando deja de ser libre.
E irónicamente este texto también ha acabado entrando en ese juego. Porque escribirlo, ordenarlo y compartirlo ya implica pensar que tiene que servir para algo. Que tiene que decir algo. Que tiene que estar a la altura.
Supongo que es difícil salirse del todo de esa lógica cuando ya forma parte de cómo miras lo que hacemos.
Noticias Relacionadas
Artículos recientes
RECIBE NUESTRA NEWSLETTER

