Más allá del ego
A veces callada se hace más ruido: frente a la fachada del ego y de los focos, la tranquilidad de no necesitar un aplauso para saber quién soy cuando se apagan las luces.
A mi y a mi inherente ingenuidad nos costó casi media carrera darnos cuenta de que en el mundo de la publicidad no solo hay anuncios, sino que está lleno de arte, poesía, música e historia.
Pero si de algo está a rebosar es de egos.
Yo, con mi intimidante metro y medio de altura, mis ataques tímidos de risa floja por bandera y la última fila como hábitat natural, estoy aún asumiendo que para hacerte un hueco en esta profesión, o simplemente conseguir un contrato; o pisas, o te pisan.
Es algo que pienso con relativa frecuencia y que me da mucha pena. Siempre entendí esta profesión como una forma de conectar personas, establecer vínculos, jugar con las emociones y ayudar a hacer un poco más feliz a la gente. Pero sobre todo, hacerme feliz a mi.
Me entristece ver cómo esta idea se ve obligada a diluirse en un mar en el que eres los premios que tienes, los artículos que has escrito, las agencias en las que has trabajado y el número de contactos que llenan tu agenda.
A veces parece que se nos olvida que hacemos anuncios, o en mi caso, escribimos notas de prensa. Que no ganaremos un Nobel, ninguna de nuestras campañas va a salvar vidas, y nadie hablará de publicidad un viernes en una barra de bar si fue semana de Champions.
Nuestro mayor logro seguirá siendo que alguien vea un spot sin saltarlo a los 10 segundos o que nos lean un artículo y no solo su titular. Así que un poquito de humildad, señores publicitarios.
Que no se nos olvide quienes somos por aislarnos en lo que hacemos.
No nos perdamos por el camino.
Que a veces antes de un artículo en Forbes o una campaña premiada en Cannes, vale más firmar una carta que diga ‘te quiero’ a tus padres.
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